lunes, julio 15, 2013

DISEÑOS HUMANOS vs. DISEÑOS DIVINOS

“No tiene sentido que me honren, si sus enseñanzas son mandamientos humanos”
(Marcos 7:7, RVC)

Varios pasajes bíblicos, aparte del que encabeza esta reflexión, nos alertan sobre los mandamientos y doctrinas de hombres en clara contraposición a los mandatos escriturales. La Palabra no solamente nos alerta sobre lo vana que es la honra que decimos profesarle al Señor cuando equiparamos los mandamientos humanos a las doctrinas divinas. Colosenses 2:21-22 y Tito 1:14 hacen referencia a lo efímero de estas prescripciones y a lo apartadas de la verdad que se encuentran.

El problema es que en la iglesia contempóranea se pretende imponer los diseños humanos sobre los que realmente provienen del Señor.

El diseño humano no proviene de la inspiración del Espíritu Santo sino de las reglas que los hombres hemos establecido para que las cosas funcionen de la manera en la que nos parece que deberían funcionar. A esta categoría pertenecen todo tipo de fórmulas litúrgicas, rituales y cultuales así como los formatos estandarizados que claman ser los únicos genuinos que cuentan con el aval del cielo. Pero también el legalismo, que yendo más allá de la Escritura, impone procedimientos y protocolos que están bien lejos de la adoración pura, fruto de la verdadera comunión, que Jesucristo quiso establecer en la iglesia con una motivación centrada en el amor.

Es igualmente diseño humano el espectáculo, hecho para atraer multitudes que se enganchan más fácilmente con las señales externas que con Aquel que puede ir más allá de ese tipo de manifestaciones y transformar vidas…los mismos signos que produjeron la áspera expresión en labios de Jesús “esta generación perversa demanda señal”. En el espectáculo se refleja también la manifestación enfermiza de la autopropaganda espiritual que hace alarde de una pretendida unción al mismo tiempo que el orgullo que esta despierta pone a sus supuestos poseedores al borde del abismo. Pretender monopolizar el verdadero poder de Dios no es solamente una evidencia categórica de la soberbia humana sino que tristemente conduce con frecuencia a arrancar de raíz el fruto de la siembra que otros han intentado hacer.

“Que coman pasteles”, dijo María Antonieta. “Pan y circo”, afirmaban los emperadores romanos. Y es que el show tiene que ver con el impulso de dar a la congregación aquello que la satisface. Cuando se busca la aprobación humana, las iglesias estarán llenas de predicadores políticamente correctos que hablan de temas agradables que la gente quiere oír, que evitan a toda costa la confrontación y hablar del pecado.

Pariente del fenómeno anterior es la “revelación” sin sustento bíblico. Dios nunca dará una palabra que contradiga el espíritu de la Escritura ni mucho menos que vaya frontalmente en contra de ella. Pero más de un siervo del Altísimo se empeña en torcer la verdad bíblica para acomodarla a sus intereses tratando de paso de extender a su congregación esta distorsión empeñándose en afirmar su veracidad. O en relajar la Palabra haciéndola flexible y acomodándola a los intereses de la mayoría. Como si se tratara de agradar al hombre, no a Dios.

Todo lo anterior demuestra un espíritu de manipulación pastoral, en la que se busca retener a la grey no mediante los lazos del amor y el compañerismo promovidos por el Señor sino a través de mecanismos absolutamente mundanos e incluso mezquinos con los que se busca evitar el éxodo del pueblo hacia manantiales más refrescantes.

Los celos, rivalidades y envidias ministeriales son caldo de cultivo de Satanás. Pero muchos creyentes, aún en posiciones de liderazgo, pasan más tiempo tratando de desacreditar a sus consiervos y de buscar con lupa el más mínimo error que les permita señalar públicamente sus falencias que buscando ganar almas para Cristo. No aprendimos de Pablo y Apolos y en lugar de trabajar unidos en lo esencial proclamando el Reino de Dios y anunciando las buenas nuevas de salvación, nos dedicamos al fuego amigo que produce bajas en nuestras propias filas, aterra a quienes aún no son creyentes y llena de satisfacción al diablo. Esta práctica va acompañada con frecuencia de un análisis minucioso del estilo de vida, vestimenta, palabras y un largo etcétera de líderes cristianos visibles (y otros no tanto) que se supone deben conducir a sesudas demostraciones de la falsedad de su fe. ¿Puede alguien creer sinceramente que es la voluntad de Dios perder el tiempo de esta manera en lugar de trabajar para el Cielo? El juicio y la crítica, así entendidos, no provienen del Señor. Aún los mecanismos de confrontación entre creyentes previstos en la Biblia son diferentes en lo más esencial a este tipo de prácticas.

“En nuestra iglesia no lo hacemos así”, es una frase que en ocasiones refleja la manera en que dentro de las congregaciones se le da un portazo en la cara al Espíritu Santo por no permitirle moverse dentro de las paredes de la microdoctrina, los procesos y los procedimientos.

Finalmente, el enfoque moderno que ve la iglesia no como una comunidad de creyentes sino como una estructura de tipo empresarial que apoya su “iglecrecimiento” en planes estratégicos, tácticas y métodos puramente humanos, ayuda a reafirmar la confusión de un pueblo que corre el riesgo de perderse no solo por la falta de conocimiento sino también por la dificultad de discernir lo que realmente proviene de Dios.

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La otra cara de la moneda son los diseños divinos. Dios es un Dios de orden pero también de revelación, sin comillas, reservada para los verdaderos adoradores, quienes le buscan en espíritu y en verdad. Aquellos que van a los pies del Maestro dispuestos a llevarse la mejor parte. Aquellos que de corazón Le dicen “habla, Señor, que tu siervo escucha” y que están de verdad dispuestos a meterse en lo profundo del corazón de Dios para conocer y vivir Su voluntad. Aquellos que se desprenden de todo esquema humano para buscar el Reino y cuyo afán principal es saber qué es lo que el Señor quiere. Aquellos que saben que la dirección del Espíritu Santo siempre se vive en un armonioso e inigualable equilibrio con la Palabra, que nunca va a ser rebatida por el Dios que la inspiró.

Los íntimos, los que buscan intensamente al Señor motivados por el Espíritu pero también por la Escritura, con un corazón enseñable y con la valentía de dejarse guiar por Dios andando un paso a la vez, son los llamados a ejecutar el soberano y maravilloso plan divino disfrutando de la plenitud de las bendiciones sin cortapisas humanas.

Estos son los que saben que hay que pagar un precio, que como alguien dijo son conscientes de que no pueden llegar a la cima sin haber escalado antes la montaña, y que la unción es ciertamente con frecuencia el fruto de una vida volcada en adoración a Jesucristo.

Los diseños divinos reconocen que en cualquier tipo de reunión entre creyentes el director es Dios mismo y que no hay mejor fórmula que ser sensible al Espíritu Santo y a lo que Él quiere hacer en una comunidad de discípulos. Saben  que el espíritu se mueve libremente, pero que siempre el centro y eje de la reunión es Dios y nunca sus servidores. Aceptan que no hay mandamiento más perfecto que el que está contenido en la Santa Biblia, y que a las reglas humanas nunca debe dárseles un estatus que no tienen ni menos aún equiparárseles con los mandatos escriturales. Rechazan el espíritu de complacencia y el deseo de quedar bien con todo el mundo y se focalizan en agradar a Dios. Y dejan que sea Él quien obre, quien dirija, quien ministre, quien enseñe.

Un elemento esencial de la manera correcta de hacer las cosas tiene que ver con honrar a los siervos de Dios y aprender a recibir lo que el Señor tiene para enseñarnos a través de ellos en lugar de ensañarnos con su humanidad y buscar descalificarlos con base en sus imperfecciones. No solo por la autoridad espiritual que Dios les ha conferido, sino por el lugar que ocupan en el Reino y por su testimonio de vida, merecen ser respetados y amados. A la manera de Jesús, por supuesto.

Pidamos al Espíritu Santo que nos guíe a vivir una fe genuina, no esquematizada. Que nos de la libertad de aprender de cada hermano en la fe, de cada siervo que lleva Su Palabra, de lo que otros tienen para compartirnos. Que sepamos al mismo tiempo movernos dentro de los límites que la Escritura nos fija pero sin atarnos a reglas y preceptos humanos. Que disfrutemos de Su compañía, Su presencia y Su gracia adentrándonos en la comunión perfecta que solo da la verdadera adoración. 

Bendiciones sobreabundantes.

JORGE HERNÁN






domingo, junio 30, 2013

NO ES QUE YA LO HAYA ALCANZADO

“No es que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto, sino que sigo adelante, por ver si logro alcanzar aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús.”
(Filipenses 3:12, RVC)

Caminamos hacia la perfección, entendida como un estado de madurez espiritual alcanzado por todo aquel creyente que ha alcanzado un progreso en la vida cristiana, pero en el sentido estricto no somos perfectos en la misma forma en que Dios lo es (cfr. Job 11:7). En la medida en que nos revestimos de la naturaleza de Cristo y el viejo hombre mengua en nosotros, la perfección de Cristo - a la medida de la estatura de Su plenitud – desplaza de nuestra vida lo imperfecto de nuestra naturaleza humana. De esta manera podemos cumplir el llamado de Dios a ser perfectos. No en nuestras fuerzas, no en nuestra carne, sino a través de la manifestación sobrenatural de la presencia viva del Espíritu Santo operando en nosotros.

Entre tanto, estamos en proceso. Caminando hacia la meta pero conscientes de que ese proceso dura toda una vida. Queremos vivir rectamente, ser intachables, fieles al Señor, íntegros, irreprensibles. Este es el verdadero sentido de la perfección a la cual aspiramos y que solo es posible mediante una comunión plena y total con el Señor.

Pero en lo cotidiano aún tenemos fisuras, a veces grietas, incluso boquetes. Nuestra comunión no es perfecta y por tanto fallamos en la perfección. Y este es un común denominador para todos los creyentes, sin importar el estadio en el que se encuentren dentro del proceso de maduración…incluso para nuestros pastores y líderes. En lo personal, doy gracias al Señor por haberme dado guías espirituales imperfectos que me han obligado a volver mis ojos a Dios en lugar de fijarlos en ellos, que están en el mismo camino que yo, en el mismo proceso, aunque me lleven ventaja. Entiendo que como la perfección absoluta solo se encuentra en Cristo, solo de Él debo esperarla. De nadie más. El resto es susceptible de equivocarse, de cometer errores, de defraudar mis expectativas. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, pero eso no garantiza que la de los hombres lo sea.

Por eso la Palabra nos invita a poner nuestra confianza en Aquel que nunca falla y nos reprende por centrarla en los seres humanos, por maduros espiritualmente que sean o parezcan. Cuando nos enfocamos en Él y no en los hombres, se reduce absolutamente la posibilidad de que terminemos frustrados, y por lo tanto es necesario que seamos consecuentes con la Escritura y no confundamos al Creador con Su maravillosa creación. Como dice Darío Silva “El Señor es mi pastor, el pastor no es mi señor”.

Muchas personas abandonan su iglesia, su fe o su devoción simplemente por haber esperado la perfección de quienes son tan imperfectos como ellos. Nuestro deber es orar por nuestros pastores, para que al igual que a nosotros, el Señor los siga transformando de gloria en gloria y haciéndolos avanzar en el camino del crecimiento espiritual. Y entender que pueden equivocarse y que cuando lo hacen necesitan una porción adicional de amor y misericordia de parte nuestra, en lugar de nuestro juicio.

Hoy alabo al Señor por permitirme entender que solo voy a encontrar en este camino a un pastor perfecto. 

Se llama Jesús de Nazaret.

Bendiciones,


JORGE HERNÁN

domingo, junio 24, 2012

PERSPECTIVAS CORRECTAS

"Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Mateo 16:26, RV60) Por alguna extraña razón, en estos últimos días he estado pensando en la muerte. Quiero decir, este no es un asunto que me preocupe o inquiete habitualmente y no suelo meditar en él. Sin embargo, me he despertado incluso a mitad de la noche preguntándome qué tan preparado me encuentro para afrontarla. De un lado, tengo la firme convicción de que el Señor cumplirá Su Palabra y me conducirá suavemente de Su mano para atravesar el valle que me conducirá a disfrutar eternamente de Su compañía. Pero, de otro lado, me pregunto qué tan bien he vivido mi vida. Y cuando hago el balance, me cuestiono acerca de si he aprovechado bien o no el tiempo como lo dice Efesios 5:16. Pienso en cuántas horas he malgastado preocupándome por tonterías, hablando trivialidades o incluso haciendo lo que no debiera. Sé que Dios es un Dios de oportunidades que vez tras vez me ha dado nuevamente la posibilidad de "corregir el caminado" y no puedo evitar recordar todas las veces que opté por sendas inadecuadas. Dice la Escritura (Ecl 3:11) que Dios puso en nuestros corazones la noción de eternidad, y lo hizo así porque quiere que veamos la vida desde Su perspectiva infinita y no desde las limitaciones de la nuestra. Al poner la mira en las cosas espirituales, como nos invita la Palabra, el centro de nuestra vida se enfoca de una manera real y práctica en cultivar una relación de comunión íntima y permanente con Aquel de cuya compañía y presencia gozaremos por siempre. Vivir en el msrco de Su voluntad significa dedicarnos a estar con Él, aprender de Él, conocerle, seguirle y amarle cada vez más. Solo llenándonos de Dios podemos llegar a ser un reflejo de Su amor y hacer que otros dirijan Su mirada a Él cuando nos vean a nosotros. No quiero seguirme distrayendo en pequeñeces, ni seguir invirtiendo mal los escasos y preciosos minutos que mi Señor me ha regalado. Quiero pedirle que avive el sentido de la eternidad que sembró en mí para que yo me dedique a vivir una vida que deje huella. En mi esposa, en mis hijos, en mi familia, en mi iglesia, en mi trabajo, en mi grupo de amigos, en mi comunidad... Hace seis años escribí el propósito de mi vida y hoy quiero compartirlo con ustedes para pedirles su apoyo en oración porque anhelo cumplirlo al pie de la letra: "Adorar al Señor con todo mi ser haciéndolo siempre el eje central de mi vida y permitiéndole desarrollar en mí, a través del Espíritu Santo, el carácter de Cristo, buscando alcanzar la madurez espiritual en mi ministerio y en el testimonio personal de modo que la gloria de Dios sea exaltada". Lo más relevante de la perspectiva de Dios es la posibilidad de vivir lo que para Él es una vida de excelencia. Y esa es la clase de vida abundante en la que el Señor quiere que fluyamos. Hoy te invito a acompañarme con tu oración pero también a que reflexiones conmigo en el propósito de tu vida y en la manera en que estás usando tu tiempo para cumplirlo. Sé que somos vasijas de barro pero el Alfarero puede moldearnos, tallarnos y pulirnos para utilizarnos en el servicio de Su Reino. Lo nuestro es disponernos. Él hará. Bendiciones, JORGE HERNÁN

viernes, junio 15, 2012

CONTÉNTATE


“No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a estar contento en cualquier situación.  Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad”

(Filipenses 4:11-12)



El contentamiento es lo opuesto a la queja, refleja una actitud del corazón e implica una decisión personal. Elijo estar contento cualquiera que sea mi situación; esto significa que decido no maldecir, no quejarme, no compararme, aceptar que la situación por la que estoy atravesando corresponde a un propósito e invitarme a buscar de la mano de Dios tanto el sentido como la dirección que provienen de ese propósito.

Pero el contentamiento también es enemigo del conformismo. No se trata de resignación, no consiste en aceptar las limitaciones aparentes sin más ni en sacrificar los anhelos, los sueños y los planes en el altar de la conformidad, aceptando simplemente que toda situación es voluntad de Dios y que por lo tanto hay que acatarla. Recordemos que los planes del Señor son perfectos y que Él quiere darnos un futuro lleno de esperanza (ver Jeremías 29:11).

Sin embargo, el contentamiento también se opone a la codicia. De hecho, el deseo excesivo, vehemente y ansioso de poseer algo, particularmente bienes materiales y riquezas, está catalogado como un pecado que refleja exactamente lo contrario al contentamiento. Quien vive así, siempre quiere más para su propio beneficio. Santiago 4:3 reprocha la oración egoísta, fruto de un corazón codicioso. De hecho, las Escrituras utilizan más el término “anhelar” cuando se refieren a un deseo saludable que está alineado con el cumplimiento de la voluntad divina y el propósito del Señor en nuestra vida.

El contentamiento trae consigo paz, felicidad, armonía. Es un antídoto eficaz contra la amargura y el resentimiento porque parte de una perspectiva de vida bajo la óptica de Dios. Él quiere que aprendamos a estar contentos cualquiera que sea nuestra situación, es decir, a entender que muchas de las circunstancias que vivimos son precisamente situacionales, y por ende no reflejan una condición permanente, sino un status temporal, pasajero. Los momentos gozosos, así como los dolorosos, simplemente pasarán.

La Palabra es aún más exigente, pues nos manda a estar “siempre gozosos” (cfr. 1 Tes 5:16). Algunas versiones hablan de  estar “siempre alegres”. El mandato indica que el Señor está hablando de una decisión, no de una emoción. Elegimos estar contentos, decidimos estar gozosos, optamos por estar alegres. El hecho de que el entorno no nos sonría, de que las circunstancias no parezcan propicias, de que las situaciones sean incluso adversas, no tiene realmente que ver con el camino que escogemos. El contentamiento responde a las expectativas de Dios y nos aleja de la perspectiva que pinta la vida como un “valle de lágrimas”.

Oro para que cuando leas estas líneas tomes la decisión correcta. Conténtate.

Bendiciones,



JORGE HERNÁN

martes, mayo 22, 2012

CONFIANZA

"Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en Él; y Él hará."
(Salmos 37:5, RV60)

Dios nunca parpadea. Este es el título de un libro, pero más que eso, es una realidad. Hoy leí una frase que me impactó: "Nunca olvides en la oscuridad la verdad que aprendiste en la luz". Cuando atravesamos momentos difíciles, es normal que nuestras fuerzas flaqueen e incluso que perdamos el rumbo por cuenta de los distractores. Pero el Señor es fiel, y siempre lo será. Y el camino más seguro, ayer, hoy y siempre, es el que recorremos de Su mano con la absoluta y total confianza y la plena certeza de que Dios siempre dispondrá las cosas para el bien de quienes Le amamos (cfr. Romanos 8:28) y para el cumplimiento de Su propósito en nuestras vidas.

Así como es un riesgo olvidarnos de Dios en los momentos estelares de nuestras vidas, cuando todo parece andar bien y la vida nos sonríe (ver Deuteronomio 8:11-20), lo es pasar por alto Sus promesas y Su cuidado cuando las situaciones parecen adversas. Dice la Palabra que sin fe es imposible agradar a Dios y que Él es galardonador de quienes Le buscan. Cuando mantenemos firme nuestra fe veremos la recompensa, no necesariamente como la imaginamos, pero siempre con el sello personal de nuestro amoroso Padre quien sabe qué es lo que más nos conviene y además tiene el poder para hacer que suceda.

Cualquiera que sea la situación por la que estés pasando, encomiéndale al Señor tu camino, y confía en Él y Él hará.

Bendiciones,

JORGE HERNÁN


jueves, febrero 23, 2012

LECCIONES DE VIDA

"Por lo cual,  como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones,
 como en la provocación,  en el día de la tentación en el desierto"
(Hebreos 3:7-8)


Podría decir, sin temor a equivocarme, que cada día es una sucesión de lecciones con las que el Señor quiere consolidar nuestro carácter, dirigir nuestra mirada hacia Él atrayéndonos con lazos de amor y enseñarnos vivencialmente cada una de las pautas que están trazadas en Su Palabra.

El problema es que en ocasiones nos falta ser sensibles a Su voz y en otras, cuando la oímos, no abrimos las puertas de nuestro corazón para dejar que Él fluya. En el primer caso el ruido provocado por el enemigo, el del mundo y aún el de nuestra propia carne nos impiden oírlo aún cuando hable a gritos. La verdad es que Dios habla todo el tiempo, así que no escuchar Su palabra solo demuestra nuestra propia limitación para oírlo.

Pero lo más grave es cuando Lo oímos y endurecemos nuestros corazones. El autor de Hebreos recuerda la experiencia del paso por el desierto, cuando los israelitas vieron las obras del Señor durante cuarenta años y, sin embargo, Dios dijo de ellos "no han conocido mis caminos" (v.10) porque lo único que hicieron fue probarlo y tentarlo. Esto ocurre por causa de nuestro egoísmo, que hace que nos auto-justifiquemos y que enfoquemos nuestra vida centrándonos en nosotros mismos en lugar de que Dios sea el eje central de ella. Cuando esto sucede, somos incapaces de reconocer el propósito divino en medio de cada circunstancia y nuestro corazón se inclina a la queja. Desafiamos al Señor en lugar de someternos en amor obediente procurando Su dirección específica. Y al hacerlo, nos perdemos la oportunidad de aprender la lección de vida que Él tiene para nosotros. Por eso es que en ocasiones nos obliga a repetirla una y otra vez, en medio de situaciones diferentes cada vez, hasta que la adversidad ablanda el corazón y por fin comprendemos.

Estoy en proceso continuo de aprendizaje y bendigo a Dios por ello.

lunes, enero 02, 2012

CAMINOS NO TAN DERECHOS

"Hay caminos que parecen derechos pero al final de ellos está la muerte" 
(Proverbios 16:25, DHH)

En estos tiempos es sorprendente ver un extraño renacer de la espiritualidad. Hombres y mujeres buscan conectarse con Dios, no siempre por supuesto a la manera en la que a Él le gustaría que lo hicieran, pero siempre con la intención de vivir una vida más plena, más íntegra, más recta.

Una buena parte lo hacen simplemente volviendo a sus raíces, a la tradición en la que fueron criados, a los rezos que aprendieron en su infancia, a la única forma que saben y entienden de comunicarse con la divinidad, cualquiera que sea el significado que le den a esa expresión. La gran mayoría de ellos no conocen realmente al Dios viviente pero de alguna manera usan Su nombre como una especie de amuleto y se rodean de imágenes u objetos que evoquen la idea que tienen de Dios. A veces se conforman con el equilibrio del viejo adagio "el que peca y reza empata" de modo que cualquier devoción simplemente busca compensar la carga del pecado. Otras veces llevan vidas más o menos planas, pero se acogen a la figura del "Dios bombero" al que acuden sin falta cuando están en dificultades para abandonarlo lentamente cuando las pruebas han sido superadas. Y otras veces cumplen con unos rituales básicos, y a veces incluso mantienen algún tipo de rutina de oración, pero viven un "Evangelio según San Yo" flexibilizando su conciencia para permitirse cosas que la Biblia claramente establece como pecado. En cualquier caso, pregonan también la muy criolla frase "yo no robo, yo no mato, yo no le hago mal a nadie", como si caminar en Cristo simplemente se circunscribiera al cumplimiento de unos mandamientos escogidos.

Otros se van detrás de viejas modas con nuevos nombres, en una onda más o menos esotérica que habla de energías, despertar de la conciencia, reencarnación, frecuencia interior, ser uno con el Universo, trascender y cosas por el estilo. Estos por lo general creen que se encuentran en un estadio superior de conocimiento y miran a los demás con una compasión no desprovista de soberbia, albergando quizás la esperanza de que algún día lleguen a estar tan iluminados como ellos. Muchos de ellos han abandonado la posibilidad de adorar al Creador por adorar a la creación misma y en su confusión terminan asignándole a personas, animales y cosas, y por supuesto al universo mismo, un lugar que no les corresponde. Admiran a hombres y mujeres que los precedieron como si realmente fueran una suerte de maestros ascendidos, y no un grupo de lunáticos desorientados y completamente perdidos del foco establecido por Dios.

Hay una palabra que generalmente aplicamos a los paganos más redomados, y está en Efesios 4:18 (NVI): "A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios". Sin embargo, esta frase puede fácilmente aplicarse de igual modo a quienes andan por los caminos que no son. Recordemos que la Escritura advierte (Juan 14:6) que solo Cristo es EL camino, LA verdad y LA vida. Nadie llega al Padre sino es por Él. No importa que tan bellos nos parezcan los otros caminos, solo hay uno que conduce al único Dios verdadero.

Empieza el año, y con él sobreviene otra vez el temor por el fin de los tiempos. La gente del común no sabe si creer o no en las profecías mayas, las admoniciones apocalípticas o simplemente en los documentales sobre el eventual impacto de un asteroide, la posibilidad de una guerra nuclear, una pandemia, un cataclismo provocado por la erupción de un gran volcán o cualquier desastre semejante.

No importa si estas hipótesis son ciertas o falsas, lo cierto es que el Señor nos llama a estar preparados y a vivir cada día con excelencia, como si fuera el último de nuestras vidas. Lo único que sabemos con absoluta certeza es que nadie sabe el día ni la hora, solo el Padre Celestial (cfr. Mateo 24:36) y que, en ese orden de ideas, lo nuestro es cumplir lo que Él nos ha encomendado. Y, dentro de esa comisión, debemos hacer lo posible por encaminar a aquellos que creen estar transitando por un camino recto pero al final del cual está la muerte (Santiago 5:19). Quizás en esta tarea no nos hagamos más populares pero estaremos realmente atizando la voz del Espíritu Santo que la creación misma ha venido apagando con su desobediencia.

Que Dios nos ayude en el cumplimiento de nuestra tarea.

JORGE HERNÁN

domingo, noviembre 13, 2011

TRANSACCIONES PELIGROSAS

Leo el relato de Abram en Génesis 12:10-20, cuando entró en Egipto con Sarai su mujer, pero temiendo por su vida, optó por decir que era su hermana. Dice la Palabra (v.16, TLA) que "para quedar bien con Abram, el rey le regaló ovejas, vacas, burros, burras, sirvientes, sirvientas y camellos". Abram transó, cedió integridad a cambio de bienestar y seguridad.


No importa que Faraón le haya ofrecido regalos, lo grave es que Abram los aceptó y recibió, aún viniendo de quien venían. Unos versículos atrás entendemos que este hombre que había sido tremendamente bendecido por Dios y le había sido confiada una maravillosa promesa, había decidido entrar a Egipto "porque allá si había alimentos". Mal comienzo: una necesidad insatisfecha llevó a Abram a Egipto. El temor lo condujo a negociar con Faraón.


¿Qué estamos nosotros dispuestos a entregar a cambio de nuestra tranquilidad? Creemos que hay cosas innegociables, soportadas en  nuestros principios y valores, pero estamos tan expuestos como el patriarca, y en momentos de crisis podemos perder el foco.


Mateo 4 y textos paralelos relatan cómo el Señor mismo fue tentado con la satisfacción de necesidades básicas pero su respuesta fue "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (v. 4). También se le ofreció poder y riqueza pero Él rechazó contundentemente a Satanás.


1 Corintios 10:12 nos recuerda que así creamos estar firmes, debemos tener cuidado de no caer, estar alertas y tener un fundamento sólido que nos impida transar o ceder a la hora de la prueba. Cuando esta sobrevenga, lo que debemos hacer es volver nuestros ojos al Señor y preguntarle cuál es Su propósito en mi vida para disponerme a aprender de Él y ser un instrumento dócil en Sus manos. Sin concesiones, ni facilismos. Rara vez los atajos nos llevan en la dirección correcta y casi nunca las salidas fáciles son puestas por Dios.


Dice el Señor en 1 Juan 2:16: "Pues el mundo sólo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo". Las mismas tentaciones que el diablo sirvió en bandeja a Jesucristo son las que nos atraviesa cada día. Y nosotros debemos ser astutos y buscar la sabiduría de lo alto para discernir cómo enfrentarlas y cómo salir avantes de las crisis y las dificultades de la vida aferrados de Su mano.


Me llama la atención que al final del relato de Génesis 12 Abram salió de Egipto "con todo lo que tenía". Aunque Dios estaba desagradado por causa de su conducta, permitió que sobrevinieran las consecuencias de sus actos para que se develara el engaño. Pero lo que Faraón le había entregado ya hacía parte de su patrimonio.


Cuando transamos, no solamente exponemos nuestra salud espiritual sino que afectamos a otros. Lo peor, sin embargo, son las secuelas. Porque luego debemos trabajar duro para despojarnos de lo que hemos recibido y que no es semilla de bendición, sino que corresponde a las malas siembras que hemos permitido en nuestra vida por causa de nuestra debilidad.


Hoy pido al Señor que me permita andar verdaderamente en integridad, sin buscar lo que no se me ha perdido ni entregar lo que Dios me ha confiado. Que pueda guardar mi corazón y buscarlo solo a Él en los momentos de debilidad y cuando me sienta necesitado. Amén.


JORGE HERNÁN

viernes, octubre 07, 2011

RELEVANCIA ESPIRITUAL

Preguntaba el otro día mi querido amigo el pastor Tito Garzón en una prédica dominical: "Por donde nosotros andamos, las tinieblas tiemblan?" 


La pregunta me llama la atención pues alguna vez leí que si en tu caminar diario no te encuentras con Satanás, es porque está andando a tu lado.


Como creyentes tenemos una misión, y es ser relevantes para el Reino de los Cielos. Trascender. Impactar vidas. Influir sobre otros.


Y es que, en efecto, el cumplimiento de la Gran Comisión (Mateo 18:16-20 y evangelios paralelos) demanda una acción que genere reacciones en el mundo espiritual. Esto, por supuesto, debe ocurrir en un ambiente en el cual mi vida devocional esté completamente equilibrada a fin de que no me proyecte solamente hacia afuera sino que también cultive mi vida interior.


El hecho es que ser relevante implica que causemos bajas en las filas enemigas. Alguna vez me preguntaron si la iglesia en la que me congregaba entonces era conocida. "Lo es en el cielo y en el infierno, que es donde pensamos que es importante que se conozca", respondí. Con frecuencia los creyentes estamos tan cómodos en nuestras bancas de iglesia dejando pasar la vida que olvidamos que allí afuera hay un mundo que clama a gritos por un Salvador, miles de personas que viven sin Dios o adorando, como los atenienses, a un "dios no conocido". Pensemos por un momento que nosotros podríamos ser los encargados de presentárselo.


Necesitamos vivir vidas que hagan que los demonios tiemblen (cfr. Stg 2:19). Dios nos dio autoridad contra las huestes espirituales de maldad pero a veces no la usamos por temor o por comodidad. Más bien, simplemente hacemos a un lado el tema de la guerra espiritual porque pensamos que la vida es menos compleja si omitimos enfrentarnos a esta realidad. Y aunque batallar contra el mal de esta forma es absolutamente escritural, a veces podemos incluso caer en la trampa de llamar "fanáticos" a quienes profesan tal creencia.


Somos relevantes cuando tomamos la armadura de Dios de la que nos habla Efesios 6 y decidimos incursionar en territorio enemigo. Cuando hacemos discípulos y les enseñamos la Palabra no sólo estamos trayendo libertad a sus vidas y generando fiesta en los cielos (cfr. Lucas 15:7) sino que estamos abriendo una tronera espiritual en el ejército adversario por medio de la cual pasarán victoriosos los que se dirigirán a la Puerta Verdadera.


¿Qué estamos haciendo hoy para no indigestarnos con todo lo que recibimos en lugar se proyectarlo a un mundo necesitado de su Salvador?


JORGE HERNÁN

lunes, octubre 03, 2011

TÚ ESTÁS AQUÍ

"—Señor —le dijo Marta a Jesús—, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." (Juan 11:21, NVI)

El reclamo de Marta no difiere mucho de los que cotidianamente le formulamos al Señor. Nos parece que está ausente cuando realmente está en silencio. "Tu hermano resucitará" (cfr. v. 23) fue la concluyente respuesta de Jesús a la hermana de Lázaro. En este relato bíblico, Dios simplemente permitió que las cosas ocurrieran con un propósito en mente. Ya antes lo había dicho: "Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para la gloria de Dios, para que por ella el Hijo de Dios sea glorificado." (v. 4). Y aunque el resultado final fue la gloria de Dios, en el camino había un proceso por el que toda la familia de Lázaro debía pasar y del cual los discípulos de Cristo debían aprender.

Dice una hermosa canción cristiana que cuando Él está en silencio, es porque está trabajando: "Pero Jesús les dijo: «Mi Padre nunca deja de trabajar, ni yo tampoco.»" (Juan 5:17, TLA). Dios siempre está en movimiento, obrando activamente a nuestro alrededor aunque no logremos verlo. Él siempre está a nuestro lado, a veces haciendo ruido y en otras ocasiones observando calladamente el desarrollo de Su perfecto plan.

Claro, tenemos un reto diario: vivir ese proceso de madurar la fe de tal manera que podamos ver la gloria de Dios e impactar a los demás gracias a Su poder sobrenatural que actúa en nosotros. Pero, en fin, lo importante es que el primer paso en este camino es hacer conciencia de la presencia de Dios, es decir, reconocer que el Señor siempre está a nuestro lado. "No te dejaré ni te abandonaré", fue Su promesa (Josué 1:5b, NVI) y la ha cumplido hasta hoy. Sobra decirlo, además va a seguir cumpliéndola.

Aunque nuestros ojos no lo puedan ver, como dice la canción, sabemos que está aquí y tenemos que volvernos sensibles ante esta realidad y ante el hecho incuestionable de que Su amor por mí es mucho mayor de lo que yo pueda incluso imaginar.

Tú, como yo, has vivido momentos difíciles y otros tal vez esplendorosos. En unos y otros el Señor ha estado presente, y lo seguirá estando. No es imprescindible que trates de comprender el propósito justo cuando estás en medio de la tormenta, basta con saber que existe y que quien lo ha determinado es Aquel para el cual tú eres tan importante como para entregar Su vida. 

Con razón Pablo dijo en Romanos 8:31 (DHH): "si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros". Con saberlo, podemos estar confiados...

JORGE HERNÁN

miércoles, septiembre 28, 2011

PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS

"Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2a, RVC)

¿En quién tenemos puestos los ojos? Yo, por lo menos, he afirmado muchas veces que la respuesta es única e inequívoca: en Jesús. Sin embargo, cuando confronto esta afirmación con la realidad encuentro que esta es diferente, porque con frecuencia mi referente es mucho más terrenal. Como humano que soy, tengo una concepción de la realidad que tiende a aferrarse a lo físico más que a lo espiritual, así que mi pastor se convierte en una sensatamente adecuada referencia material y tangible al Dios que representa.

Así pues, mil veces me he sentido defraudado porque mi líder espiritual, pastor o consejero, no ha respondido a mis expectativas cuando yo sentía que más lo necesitaba. Esto se traduce en que no acudió a mi llamado, o no fue sensible a mi necesidad, o simplemente no dispuso del tiempo o no tuvo la voluntad de atenderme.

Dice Darío Silva-Silva: "El Señor es mi pastor, el pastor NO es mi señor". Independientemente del nivel de crecimiento, autoridad y/o cercanía de mi líder, él es simplemente un ministro que cumple la tarea que Dios le encargó desarrollando su actividad con los dones que el Espíritu Santo le entregó. Pero no está capacitado para darme lo que solo Dios puede darme y que yo debo buscar en la Fuente.

Jeremías 17:5 (NTV) dice: "Esto dice el Señor: «Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del Señor.». De nuevo, los líderes que Dios me ha puesto como guía y referencia son simples seres humanos, y no puedo exigir de ellos lo que solamente mi Señor da. Es básicamente la misma idea del salmista, cuando dice: "No pongan su confianza en hombres importantes, en simples hombres que no pueden salvar" (Salmos 146:3, DHH). En la perspectiva divina, todos los mortales entramos en esa categoría y el Señor nos advierte claramente que nuestra confianza únicamente en Él.

Igual ocurre con mi esperanza. Cuando Job decía "Aunque él me mate, en él esperaré" (Job 13:5, RVC) estaba reflejando el tipo de relación que solo Dios puede brindarme. La esperanza en Dios siempre está ligada a la certeza de que Su propósito es bendecirme, y que aunque yo no entienda lo que está ocurriendo a mi alrededor, mi Señor está obrando activamente.

Así pues, cuando nos distraemos y ponemos los ojos, la confianza y la esperanza en simples mortales, no solamente estamos desatendiendo a lo que la Divina Palabra establece sino que muy probablemente vamos a sentirnos, más temprano que tarde, defraudados, tristes y decepcionados con estos líderes, tal vez con la iglesia y de pronto hasta con Dios por cuenta de un error de apreciación de la verdad escritural que se materializa en un pecado: hacer de la carne nuestra fortaleza (cfr. Jer 17:5 LBLA).

A Dios no podemos culparlo de lo que Sus siervos hacen o dejan de hacer, ni responsabilizarlo por lo que dicen o por lo que callan. El que se equivoca demandando de ellos lo que debo buscar en Dios soy yo. Y esta falla no va a corregirse cambiando de líder ni trastéandome de iglesia ni menos aún dándole la espalda al Señor.

Reconozco y acepto que debo fijar la mirada en Jesús, no en los hombres. Pido perdón a Dios por haberme distraído de Su perfecta voluntad. Y, de paso, decido perdonar a los líderes y pastores que alguna vez - o quizás muchas - no respondieron a mis expectativas generándome frustración, dolor y hasta ira.

JORGE HERNÁN


jueves, septiembre 01, 2011

QUÉ HARÉ?


Hace unos días tuve el privilegio de escuchar en la iglesia una hermosa prédica de Sung Hwan Kim sobre la respiración espiritual. Basado en Hechos 22:6-10 decía que las dos grandes preguntas de la vida son: “Quién es Jesús para mí?” y “Qué haré?”. Lo primero se relaciona con la inhalación espiritual, estar en la presencia de Dios, acercarnos al trono de la gracia para recibir de Él. Lo segundo, con la exhalación espiritual, es decir, lo que hacemos para el Reino usando los dones que nos han sido entregados.

Inhalar nos permite deleitarnos y regocijarnos en la presencia del Señor, de modo que la salvación se convierte en algo real y vivencial que transforma nuestra manera de vivir y nos genera una responsabilidad para con Cristo impulsándonos a participar en la gran comisión (cfr. Mateo 28:18-20). Cuando cumplimos la tarea que Jesús nos asignó estamos exhalando.

Así como una persona saludable inhala y exhala, un cristiano saludable no puede arriesgarse a vivir una vida espiritual inoperante por razones de asfixia (no poder inhalar bien o inhalar sustancias tóxicas) o dificultades para exhalar. La cruz tiene dos sentidos: uno vertical, que apunta hacia el cielo, y que refleja de alguna manera la necesidad de desarrollar intimidad con Dios; pero también uno horizontal que señala la imperiosa necesidad de extenderme y alcanzar a otros para Cristo.

En la cómoda tibieza de nuestras vidas olvidamos con frecuencia que tenemos una tarea que cumplir. Preferimos no pararnos frente al Señor y decirle “Heme aquí, envíame a mí” (cfr. Isaías 6:8) porque de alguna manera escogemos pensar que esa tarea les compete a otros. Suponemos que si no estamos en un ministerio que se encargue de llevar la Palabra a quienes tienen vacío de Cristo en sus corazones, entonces no es nuestra responsabilidad exhalar espiritualmente. Nos desligamos inadvertidamente de una tarea que nos ha sido encomendada porque ciertamente hemos sido bendecidos para poder bendecir a otros.

El reto es entonces salir de la zona de confort. Oseas 4:6 muestra el reclamo desgarrado del corazón de Dios, porque Su pueblo está expuesto a perderse, a ser destruido, a ir cautivo, por falta de conocimiento. Y nuestra tarea es abrirnos al mundo para compartir el conocimiento que nos ha sido dado. Talvez sea momento de pararnos de nuestras butacas y abandonar la cálida modorra que produce el sentarse solamente a recibir, para ir a dar. Quizás ha llegado la hora de ir a la presencia de Dios para recibir instrucciones. “Qué haré, Señor?”, preguntó Pablo. El que da las órdenes es Dios, yo soy simplemente un soldado que disciplinadamente me dispongo a atender el llamado de mi Señor. No se trata de lo que yo quiero hacer para Él, sino de lo que Él ha dispuesto que yo haga a Su servicio. Lo importante es que Su sueño para mí se haga realidad, no que se cumpla mi voluntad.

Samuel aprendió a decirle “Habla Señor que tu siervo escucha” (cfr. 1 Samuel 3), y probablemente este sea un buen momento para refrescar nuestra vida de oración reduciendo el tiempo de las peticiones y ampliando el que tenemos destinado a oír Su voz para poder poner en práctica sus mandatos e instrucciones.

Bendiciones,

JORGE HERNÁN

domingo, agosto 21, 2011

DESAFÍO A LA INTEGRIDAD

"Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?...Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él."
(Juan 6, 60 y 66, RV60)


Estos tiempos demandan hombres y mujeres de Dios que hablen Su Palabra con franqueza, claridad y firmeza. Nuestras iglesias, en aras de buscar mensajes que se acomoden a las necesidades de estos tiempos, predican con frecuencia contenidos "políticamente correctos". La gente sale feliz de las reuniones, habiendo escuchado cosas muy cercanas a las que quieren oír, palabras que no los molestan, no los cuestionan, no los incomodan. Los predicadores escogen cuidadosamente lo que van a decir y en nombre de la tolerancia y el respeto evitan recurrentemente hablar lo que pueda incomodar al pueblo. Lo que le pasó al Nazareno, pasa aún hoy en día. Las personas prefieren cambiar de iglesia como quien cambia de traje, o aún abandonar el Camino, antes que enfrentarse a un mensaje duro que los confronte.

Los grandes profetas bíblicos estaban muy lejos de la imagen del predicador que busca contemporizar con su auditorio y procura un escenario agradable que sirva de marco a lo que va a decir, siempre teniendo como fondo la incomensurable gracia de un Dios que todo lo perdona. En estos tiempos no se habla con insistencia del Dios celoso, ni de Su santa ira, ni del pecado que nos aleja de Él, ni de los estilos de vida que atraen maldición en lugar de bendición. Es cierto que el Señor es tan amoroso que nos quiere ver sanos, prósperos, tranquilos y felices, pero es más cierto aún que a Él no le interesa tanto la añadidura como la verdad de una relación profunda e íntima con Él aunque para alcanzarla tengamos que renunciar a la comodidad de vivir a nuestra manera.

Timoteo, inspirado por el Espíritu Santo, dijo: "Porque llegará el día en que la gente no querrá escuchar la buena enseñanza. Al contrario, querrá oír enseñanzas diferentes. Por eso buscará maestros que le digan lo que quiere oír. La gente no escuchará la verdadera enseñanza, sino que prestará atención a toda clase de cuentos." (2 Timoteo 4:3-4, TLA). El día ha llegado. Y nuestra responsabilidad como discípulos de Cristo es predicar la verdadera enseñanza, para ser fieles al Evangelio que alguna vez recibimos. Se trata de Dios, no de los demás. Y nada justifica transar con el mundo ni con los tiempos modernos. Que estemos en pleno siglo XXI no puede ser una excusa para abandonar la Escritura. Por eso había dicho Timoteo unos renglones antes: "Tú anuncia el mensaje de Dios en todo momento. Anúncialo, aunque ese momento no parezca ser el mejor. Muéstrale a la gente sus errores, corrígela y anímala; instrúyela con mucha paciencia" (2 Timoteo 4:2).

Clamo por hombres y mujeres de Dios que sean atrevidos como Jesús, confrontadores como Jesús, inoportunos como Jesús. Personas que expongan la Palabra sin adornos ni maquillajes, sin acomodos, sin temor a herir susceptibilidades. Cristianos íntegros que hablen con denuedo la Palabra sabiendo que deben obedecer a Dios antes que a los hombres (cfr. Hechos 4:29), voces que clamen en el desierto como Juan el Bautista, personas que se paren en la brecha y hagan vallado (cfr. Jeremías 22). Qué importa que no sean populares, qué interesa que no sean divertidos, qué más da que sus congregaciones no estén creciendo día a día.

Bendiciones sobreabundantes en Cristo,

JORGE HERNÁN


miércoles, julio 13, 2011

APRENDIENDO CADA DÍA

“El crisol es para la plata y el horno para el oro, pero Jehová es quien prueba los corazones”
 (Proverbios 17:3, RV95)

Quisiera que realmente cada experiencia de vida fuera un aprendizaje. Dios está obrando todo el tiempo, lo sé, y es Su voluntad enseñarme a través del peregrinaje por esta tierra. Quizás el ritmo cotidiano no me permita abordar cada cuestión como una oportunidad de crecer emocional y espiritualmente pero finalmente quien se lo pierde soy yo.

Desde el punto de vista del Maestro, las clases son todos los días y a todas las horas. Un discípulo inquieto repasa cada instante vivido, lo pasa por el tamiz de la oración y busca extraer de allí un aprendizaje que le sirva para encaminarse en el proceso de maduración en el Señor que lo lleve a “la plena y completa medida de Cristo” (Efesios 4:13, NTV).

Alguna vez escuché una anécdota sobre un virtuoso del violín al cual le preguntaron dónde había aprendido a tocar el instrumento con tal maestría y sublimidad. “En el violín”, respondió el músico con naturalidad. Somos transeúntes en la tierra, es verdad, simples caminantes, pero en el camino nos vamos formando y a través de esa formación Dios nos pone a punto para que seamos quienes Él necesita que seamos, al servicio de Sus planes perfectos. Cada módulo del pensum celestial está diseñado para que aprendamos, para que sometamos a prueba nuestro corazón de manera que sea evidente qué tan permeable es y ha sido frente a la Palabra que hemos oído y leído. Nos ejercitamos en la vida viviendo y desarrollamos nuestros dones poniéndolos en práctica en situaciones en las cuales requerimos de ellos. Así como un deportista tiene que practicar ardua y constantemente para lograr la excelencia, la cual nunca va a alcanzar simplemente leyendo las reglas del deporte respectivo, nosotros tenemos que experimentar para ser formados de la mano de Dios.

Nos volvemos pacientes ejercitándonos en ocasiones que requieren de toda nuestra paciencia, nos volvemos amorosos amando a aquellos que parecen merecerlo menos pero que lo necesitan más, nos volvemos mansos cuando nos vemos forzados a mantener la templanza y ser humildes en circunstancias en las que quizás normalmente seríamos agresivos. Y prácticamente cada fruto del Espíritu brota en nosotros cuando nuestro corazón ha pasado por el crisol de los momentos difíciles y por el horno de las situaciones adversas.

Las parábolas de Jesús se basaban en hechos cotidianos, en cosas que eran lugares comunes para quienes Lo escuchaban. Él sabía sacarle el jugo a las vivencias más simples y más corrientes, y al hacerlo nos estaba enseñando que la vida hay que leerla entre líneas, que Dios está escribiendo para nosotros los mensajes más profundos en medio de las circunstancias más prosaicas. Y desde allí está hablando a nuestros corazones. “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Repasa tu día. Piensa qué aprendiste hoy. Y luego revísalo una vez más, pero ahora hazlo en Su presencia y pidiéndole que arroje Su luz sobre cada experiencia, de modo que sientas que estás siendo edificado, que estás creciendo en dirección a la estatura espiritual del varón perfecto que es Cristo.

Con un corazón agradecido por lo que el Señor me ha enseñado hoy,


JORGE HERNÁN

sábado, julio 02, 2011

CUESTIÓN DE FOCO

"Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra."
(Colosenses 3:2)

Creo haber leído esta cita infinidad de veces, pero cada vez que lo hago me cuestiono acerca de qué tanto la pongo en práctica. Se supone que como hijo de Dios, y a semejanza de Jesús, debo ocuparme en las cosas de mi Padre (cfr. Lc 2:49) que ya mi Padre se ocupará de las mías. Lo aprendí hace tiempo pero debo confesar que no lo vivo como el Señor lo espera. Pierdo demasiado tiempo ocupado de las situaciones cotidianas en lugar de centrarme en mi relación con Dios. Me estoy pareciendo más a Marta de Betania, permitiendo que las horas se escurran en medio de los quehaceres diarios en vez de ocuparme en cultivar mi comunión con Dios. Esto afecta mi vida de oración, que se vuelve reactiva cuando debiera ser proactiva, ya que por naturaleza en caso de emergencia tiendo a buscar el interruptor que activa mi relación vertical. Pero, así como una planta que solo se riega de vez en cuando tiende a marchitarse o por lo menos a no florecer como debiera, lo mismo empieza a ocurrirle a mi vida espiritual.

"Las semillas que cayeron entre los espinos representan a los que oyen la palabra de Dios, pero muy pronto el mensaje queda desplazado por las preocupaciones de esta vida y el atractivo de la riqueza, así que no se produce ningún fruto" (Mateo 13:22, NTV). Esta explicación, dada por Jesús con relación a uno de los aspectos de la parábola del sembrador, parece calar profundamente en muchos de nosotros. Cuando dejamos que la Palabra se pierda, ahogada por las preocupaciones cotidianas, estamos reflejando que nuestro corazón no es terreno fértil para que germine la semilla que ha sido sembrada, y evidenciando la enorme necesidad que tenemos de trabajar en él para adecuarlo y prepararlo apropiadamente para la siembra. Tendremos que abonarlo, fertilizarlo y regarlo reacondicionando nuestra vida espiritual y fortaleciéndola en la disciplina de la lectura de la Biblia y la oración constante. Y esto es así porque necesitamos poner nuestro corazón a punto para que Dios obre. De lo contrario seguiremos desenfocados, poniendo la mira en las cosas de abajo, en los asuntos mundanos que nos distraen de lo esencial.

Al reconocer que mi mente divaga en medio del tiempo de adoración, pensando en cómo resolver las más irrelevantes pequeñeces, es cuando entiendo qué tan lejos he permitido que mi alma se distancie de mi espíritu. Y solo puedo corregir el enfoque agarrando de nuevo con fuerza la mano de mi Señor.

En Cristo Jesús,

JORGE HERNÁN




OTRA VEZ GOLIAT


"Entonces dijo David al filisteo:

--Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.

Jehová te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel.

Y toda esta congregación sabrá que Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla y él os entregará en nuestras manos."

(1 Samuel 17:45-47, RV95)"


No sé cuántas prédicas he escuchado sobre Goliat, ni cuántas canciones alusivas he tarareado, ni cuántas películas he visto, ni cuántos artículos he leído. Lo que sí sé es que hay muchos Goliats en mi vida que siguen paseándose desafiantes amenazando mi tranquilidad e insinuándome que son invencibles.

Parecen inderrotables y adquieren numerosas apariencias: una adicción, un problema, una atadura....se ven como gigantes y llaman nuestra atención sobre ellos. A veces nos quitan el sueño y son nuestra preocupación cotidiana más recurrente. Buscamos mil maneras de atacarlos pero la experiencia, casi siempre basada en nuestras fuerzas, apunta hacia nuestra debilidad y hacia lo frágiles que somos para vencerlos. De hecho, con frecuencia los evitamos y optamos por evadirlos ante la silenciosa certeza de que si tratamos de combatirlos llevamos las de perder. Nos hemos resignado a su presencia, que aceptamos calladamente, y preferimos elaborar un catálogo de justificaciones con las cuales podamos autoconvencernos del statu quo.

Pero David no veía al gigante sino a Dios. Desestimó sus armas terrenales y su evidente respaldo físico. Sabía que el Señor y él siempre serían mayoría. Declaró que al retarlo estaba realmente provocando a Dios y se lo enrostró con claridad. Resaltó que estaba en mejor posición que Goliat, con el Señor y los ejércitos celestiales a su lado.

Igual que tú y yo, ciertamente. No hay diferencia entre la escena bíblica y la que nosotros afrontamos cada día, salvo quizás porque no hemos identificado cuál es nuestra verdadera posición en el campo de batalla. Privilegiados, del lado ganador, con el Dios de los ejércitos de nuestra parte.

La victoria es nuestra hoy. Sí, tuya y mía. El Señor ha entregado a ese enemigo en nuestras manos para que Su nombre resplandezca. Desde su punto de vista, es un problema superado. En sus registros el partido ya se jugó y ya tiene un ganador: Dios. El diablo ya fue avergonzado en la Cruz, solo tenemos que hacer conciencia de ello y dejar de actuar como si hiciéramos parte del equipo perdedor.

La batalla no es mía ni tuya, dice la Escritura que es del Señor. Pero cuando nos empeñamos en lucharla en nuestras propias fuerzas y con nuestros limitados recursos, indefectiblemente vamos a tener que reconocer que no somos gigantes, que estamos pobremente armados y que no tenemos las destrezas necesarias para lograr superarla. Solo cuando entramos en la presencia de Dios, aceptamos nuestras limitaciones y declaramos que es Él quien se encarga de guerrear y, sobre todo, le hacemos entrega real de la situación, estamos en la posibilidad cierta de disfrutar de la victoria que el Señor ha planeado.

Salgamos de la guarida y enfrentemos a Goliat. Hagamos nuestras las palabras de David y que el Espíritu Santo que lo dirigió nos dirija y encamine también a nosotros para que todos sepan que el Señor no salva con espada ni con lanza.

Bendiciones sobreabundantes en Cristo,

JORGE HERNÁN

martes, mayo 17, 2011

CAMBALACHE

“Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.”

Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1935.

Pasaron ya más de tres cuartos de siglo desde que Enrique Santos Discépolo escribió su famoso tango, en el que retrataba de manera cruda la sociedad de entonces, caracterizada por una marcada inversión de valores. La degradación ética y moral es, efectivamente, y como lo dice la canción, una falta de respeto y un atropello a la razón. “Herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón”, dice al final de una de sus estrofas. En otras palabras, hemos contristado al Espíritu Santo. El relativismo moral producido por la desvalorización de los valores supremos, de la que en su momento hablaron Heidegger y Nietzsche, se ha acentuado con los años y la crisis finalmente está bordeando los límites de la inversión total en nombre de una falsa tolerancia. Leo los artículos de prensa de la semana y me encuentro a un “bloguero” de Semana quejándose de que ya estamos dándole validez al término “más o menos honesto” como si semejante oxímoron fuera legítimo. En otra nota de prensa, el pobre Stephen Hawking cuestiona la existencia de una vida más allá de la vida y caemos en la falacia de darlo como cierto por venir de quien proviene: un “magister dixit”, dirían por ahí. Luego me topo con la defensa vehemente que hace un ex magistrado en la que confronta al Procurador porque la ley debe estar por encima de sus opiniones, así esté en contra de los principios divinos. Por otro lado, cada día más figuras públicas orgullosamente “salen del clóset” y exponen con satisfacción su condición homosexual o bisexual. Se supone que nadie puede erigirse en juez de la moral y que la normalidad es un concepto relativo. Ya no hay un “deber ser” absoluto porque hicimos a un lado los cánones de verdad que nos incomodaban y nos hacían difícil vivir a nuestra manera.

Realmente, sin embargo, el problema no es nuevo. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”, en toda la extensión de la palabra mundo. La respuesta la dieron hace siglos los apóstoles Pedro y Juan: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:19-20, RVR). Prefiero aferrarme a unos valores firmes y absolutos, confiables al 100%, consignados en la Palabra de Dios, así me llamen intolerante, que transar con el mundo, el diablo y la carne para acomodarme a los tiempos. A quienes defendemos los principios firmes que Dios en Su infinita sabiduría consignó en las Escrituras nos llaman “retrógrados”, en el mejor de los casos. Oscurantistas, inquisidores, y otros calificativos semejantes se nos endilgan con frecuencia por no pensar como ahora piensan los demás. Por ir contra la corriente. Por ser idealistas. Pero, sobre todo, por ser obedientes a la Palabra. “He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros”, dice 1 Samuel 15:22b (LBLA), expresando lo que espera Dios de un corazón que Le ama. Más claramente, en Juan 14:23 el propio Jesús lo expresó así: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos á Él, y haremos con Él morada” (RV 1909).

No quiero hacer parte de este cambalache. Mi moral no se negocia. Mi ética no está a la venta. Mi integridad no tiene precio. Porque amo a Dios sé que la modernidad no significa la aceptación de lo inaceptable. Una conocida versión de las Escrituras se llama “Dios habla hoy”, porque Su Palabra es tan actual ahora como hace dos mil años, pero yo no puedo acomodarla a mi cosmovisión particular ni dejarme llevar por la fuerza de las ideas o de las costumbres prevalentes para cambiar lo que a mi Señor no le agrada. No puedo añadir a mis fallas cotidianas, a los pecados contra los que habitualmente lucho, el de la desobediencia complaciente que cede ante el mundo para ganar favores y evitar disgustos. No quiero quedar bien con todo el mundo si eso implica quedar mal con Dios. Y necesito firmeza para conservar mi integridad.

Hoy quiero hacer mía la petición de David: “Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen” (Salmos 17:5).

Con todo afecto, después de siete largos meses de silencio,

JORGE HERNÁN

sábado, octubre 16, 2010

UNA REFLEXIÓN

Leo la siguiente noticia aparecida en la prensa internacional hace cerca de un mes: “Uno de los episodios más dramáticos del Antiguo Testamento, cuando durante el éxodo de los hebreos Moisés logró dividir las aguas del Mar Rojo, pudo haber ocurrido en realidad, según revela un nuevo estudio realizado por científicos estadounidenses. Pero este evento descrito en la Biblia habría sido ocasionado por extrañas condiciones meteorológicas y no por la mano de Dios, como se relata en la Biblia, publica el Daily Mail. La investigación, soportada en sofisticados modelos computacionales, sugiere que ráfagas de viento muy poderosas pudieron haber dividido las aguas del mar tal y como lo plantea el éxodo.”

¿No es sorprendente cómo el ser humano se empeña en buscar explicaciones racionales de la obra de Dios? Corazones endurecidos y mentes entenebrecidas, que han olvidado que “He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia ( Job 28:28, RV60)”. El genio científico Stephen Hawking demostró la diferencia entre lo que es la sabiduría a los ojos del Señor y la “sabiduría” humana, al afirmar también que Dios no existe, en una evidente demostración de falta de temor de Dios. Es de esta clase de “sabios” y “entendidos” de la que hablaba el Señor a través de Mateo cuando dijo que había escondido Sus cosas de ellos para revelárselas a la gente sencilla, a quienes son como niños.

Por siglos los hombres con ínfulas de ilustrados han indagado, y encontrado a su satisfacción, explicaciones técnicas, científicas y creíbles para ellos que desdibujan la gloria del Creador para dársela a la creación. Las sanidades milagrosas terminan justificándose incluso en la autosugestión, y aún eventos como la resurrección encuentran osados autores de hipótesis rebuscadas que le den un matiz de racionalidad fácilmente digerible.

El problema del mal, presente desde la Caída, ha inquietado a intelectuales por años, pero muchos de ellos lo han resuelto asesinando a Dios, o simplemente suprimiéndolo de la historia, para no tener que entrar en la aparente contradicción de un Dios que permite que a la gente buena le ocurran cosas que son malas.

El tema es que la respuesta última no está en la razón, y no es comprensible desde la orilla de la limitada mente humana, que a pesar de todo su potencial, es incapaz de albergar el concepto de un Dios ilimitado y trascendente que no alcanzamos a discernir plenamente solo porque no se mueve en las dimensiones en que nosotros lo hacemos. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en ninguna otra de las que Él concibió para que nuestra mente finita lograra captar algo de la majestuosidad del universo.

Carecer de fe me parece más difícil que tenerla. En un mundo que nos da tantas y tan maravillosas evidencias de la presencia de Dios – que se revela a través de Su creación – me resulta increíble que haya gente que se resista a creer.

El Señor cada día hace milagros, de todos los tamaños y variedades. Y necesitamos de la guía de Su Espíritu para ser sensibles a Su obra y hacer conciencia de la permanente intervención divina en el mundo natural.

Nuestro sorprendente Dios nos siga bendiciendo,

JORGE HERNÁN