viernes, junio 15, 2012

CONTÉNTATE


“No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a estar contento en cualquier situación.  Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad”

(Filipenses 4:11-12)



El contentamiento es lo opuesto a la queja, refleja una actitud del corazón e implica una decisión personal. Elijo estar contento cualquiera que sea mi situación; esto significa que decido no maldecir, no quejarme, no compararme, aceptar que la situación por la que estoy atravesando corresponde a un propósito e invitarme a buscar de la mano de Dios tanto el sentido como la dirección que provienen de ese propósito.

Pero el contentamiento también es enemigo del conformismo. No se trata de resignación, no consiste en aceptar las limitaciones aparentes sin más ni en sacrificar los anhelos, los sueños y los planes en el altar de la conformidad, aceptando simplemente que toda situación es voluntad de Dios y que por lo tanto hay que acatarla. Recordemos que los planes del Señor son perfectos y que Él quiere darnos un futuro lleno de esperanza (ver Jeremías 29:11).

Sin embargo, el contentamiento también se opone a la codicia. De hecho, el deseo excesivo, vehemente y ansioso de poseer algo, particularmente bienes materiales y riquezas, está catalogado como un pecado que refleja exactamente lo contrario al contentamiento. Quien vive así, siempre quiere más para su propio beneficio. Santiago 4:3 reprocha la oración egoísta, fruto de un corazón codicioso. De hecho, las Escrituras utilizan más el término “anhelar” cuando se refieren a un deseo saludable que está alineado con el cumplimiento de la voluntad divina y el propósito del Señor en nuestra vida.

El contentamiento trae consigo paz, felicidad, armonía. Es un antídoto eficaz contra la amargura y el resentimiento porque parte de una perspectiva de vida bajo la óptica de Dios. Él quiere que aprendamos a estar contentos cualquiera que sea nuestra situación, es decir, a entender que muchas de las circunstancias que vivimos son precisamente situacionales, y por ende no reflejan una condición permanente, sino un status temporal, pasajero. Los momentos gozosos, así como los dolorosos, simplemente pasarán.

La Palabra es aún más exigente, pues nos manda a estar “siempre gozosos” (cfr. 1 Tes 5:16). Algunas versiones hablan de  estar “siempre alegres”. El mandato indica que el Señor está hablando de una decisión, no de una emoción. Elegimos estar contentos, decidimos estar gozosos, optamos por estar alegres. El hecho de que el entorno no nos sonría, de que las circunstancias no parezcan propicias, de que las situaciones sean incluso adversas, no tiene realmente que ver con el camino que escogemos. El contentamiento responde a las expectativas de Dios y nos aleja de la perspectiva que pinta la vida como un “valle de lágrimas”.

Oro para que cuando leas estas líneas tomes la decisión correcta. Conténtate.

Bendiciones,



JORGE HERNÁN

martes, mayo 22, 2012

CONFIANZA

"Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en Él; y Él hará."
(Salmos 37:5, RV60)

Dios nunca parpadea. Este es el título de un libro, pero más que eso, es una realidad. Hoy leí una frase que me impactó: "Nunca olvides en la oscuridad la verdad que aprendiste en la luz". Cuando atravesamos momentos difíciles, es normal que nuestras fuerzas flaqueen e incluso que perdamos el rumbo por cuenta de los distractores. Pero el Señor es fiel, y siempre lo será. Y el camino más seguro, ayer, hoy y siempre, es el que recorremos de Su mano con la absoluta y total confianza y la plena certeza de que Dios siempre dispondrá las cosas para el bien de quienes Le amamos (cfr. Romanos 8:28) y para el cumplimiento de Su propósito en nuestras vidas.

Así como es un riesgo olvidarnos de Dios en los momentos estelares de nuestras vidas, cuando todo parece andar bien y la vida nos sonríe (ver Deuteronomio 8:11-20), lo es pasar por alto Sus promesas y Su cuidado cuando las situaciones parecen adversas. Dice la Palabra que sin fe es imposible agradar a Dios y que Él es galardonador de quienes Le buscan. Cuando mantenemos firme nuestra fe veremos la recompensa, no necesariamente como la imaginamos, pero siempre con el sello personal de nuestro amoroso Padre quien sabe qué es lo que más nos conviene y además tiene el poder para hacer que suceda.

Cualquiera que sea la situación por la que estés pasando, encomiéndale al Señor tu camino, y confía en Él y Él hará.

Bendiciones,

JORGE HERNÁN


jueves, febrero 23, 2012

LECCIONES DE VIDA

"Por lo cual,  como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones,
 como en la provocación,  en el día de la tentación en el desierto"
(Hebreos 3:7-8)


Podría decir, sin temor a equivocarme, que cada día es una sucesión de lecciones con las que el Señor quiere consolidar nuestro carácter, dirigir nuestra mirada hacia Él atrayéndonos con lazos de amor y enseñarnos vivencialmente cada una de las pautas que están trazadas en Su Palabra.

El problema es que en ocasiones nos falta ser sensibles a Su voz y en otras, cuando la oímos, no abrimos las puertas de nuestro corazón para dejar que Él fluya. En el primer caso el ruido provocado por el enemigo, el del mundo y aún el de nuestra propia carne nos impiden oírlo aún cuando hable a gritos. La verdad es que Dios habla todo el tiempo, así que no escuchar Su palabra solo demuestra nuestra propia limitación para oírlo.

Pero lo más grave es cuando Lo oímos y endurecemos nuestros corazones. El autor de Hebreos recuerda la experiencia del paso por el desierto, cuando los israelitas vieron las obras del Señor durante cuarenta años y, sin embargo, Dios dijo de ellos "no han conocido mis caminos" (v.10) porque lo único que hicieron fue probarlo y tentarlo. Esto ocurre por causa de nuestro egoísmo, que hace que nos auto-justifiquemos y que enfoquemos nuestra vida centrándonos en nosotros mismos en lugar de que Dios sea el eje central de ella. Cuando esto sucede, somos incapaces de reconocer el propósito divino en medio de cada circunstancia y nuestro corazón se inclina a la queja. Desafiamos al Señor en lugar de someternos en amor obediente procurando Su dirección específica. Y al hacerlo, nos perdemos la oportunidad de aprender la lección de vida que Él tiene para nosotros. Por eso es que en ocasiones nos obliga a repetirla una y otra vez, en medio de situaciones diferentes cada vez, hasta que la adversidad ablanda el corazón y por fin comprendemos.

Estoy en proceso continuo de aprendizaje y bendigo a Dios por ello.

lunes, enero 02, 2012

CAMINOS NO TAN DERECHOS

"Hay caminos que parecen derechos pero al final de ellos está la muerte" 
(Proverbios 16:25, DHH)

En estos tiempos es sorprendente ver un extraño renacer de la espiritualidad. Hombres y mujeres buscan conectarse con Dios, no siempre por supuesto a la manera en la que a Él le gustaría que lo hicieran, pero siempre con la intención de vivir una vida más plena, más íntegra, más recta.

Una buena parte lo hacen simplemente volviendo a sus raíces, a la tradición en la que fueron criados, a los rezos que aprendieron en su infancia, a la única forma que saben y entienden de comunicarse con la divinidad, cualquiera que sea el significado que le den a esa expresión. La gran mayoría de ellos no conocen realmente al Dios viviente pero de alguna manera usan Su nombre como una especie de amuleto y se rodean de imágenes u objetos que evoquen la idea que tienen de Dios. A veces se conforman con el equilibrio del viejo adagio "el que peca y reza empata" de modo que cualquier devoción simplemente busca compensar la carga del pecado. Otras veces llevan vidas más o menos planas, pero se acogen a la figura del "Dios bombero" al que acuden sin falta cuando están en dificultades para abandonarlo lentamente cuando las pruebas han sido superadas. Y otras veces cumplen con unos rituales básicos, y a veces incluso mantienen algún tipo de rutina de oración, pero viven un "Evangelio según San Yo" flexibilizando su conciencia para permitirse cosas que la Biblia claramente establece como pecado. En cualquier caso, pregonan también la muy criolla frase "yo no robo, yo no mato, yo no le hago mal a nadie", como si caminar en Cristo simplemente se circunscribiera al cumplimiento de unos mandamientos escogidos.

Otros se van detrás de viejas modas con nuevos nombres, en una onda más o menos esotérica que habla de energías, despertar de la conciencia, reencarnación, frecuencia interior, ser uno con el Universo, trascender y cosas por el estilo. Estos por lo general creen que se encuentran en un estadio superior de conocimiento y miran a los demás con una compasión no desprovista de soberbia, albergando quizás la esperanza de que algún día lleguen a estar tan iluminados como ellos. Muchos de ellos han abandonado la posibilidad de adorar al Creador por adorar a la creación misma y en su confusión terminan asignándole a personas, animales y cosas, y por supuesto al universo mismo, un lugar que no les corresponde. Admiran a hombres y mujeres que los precedieron como si realmente fueran una suerte de maestros ascendidos, y no un grupo de lunáticos desorientados y completamente perdidos del foco establecido por Dios.

Hay una palabra que generalmente aplicamos a los paganos más redomados, y está en Efesios 4:18 (NVI): "A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios". Sin embargo, esta frase puede fácilmente aplicarse de igual modo a quienes andan por los caminos que no son. Recordemos que la Escritura advierte (Juan 14:6) que solo Cristo es EL camino, LA verdad y LA vida. Nadie llega al Padre sino es por Él. No importa que tan bellos nos parezcan los otros caminos, solo hay uno que conduce al único Dios verdadero.

Empieza el año, y con él sobreviene otra vez el temor por el fin de los tiempos. La gente del común no sabe si creer o no en las profecías mayas, las admoniciones apocalípticas o simplemente en los documentales sobre el eventual impacto de un asteroide, la posibilidad de una guerra nuclear, una pandemia, un cataclismo provocado por la erupción de un gran volcán o cualquier desastre semejante.

No importa si estas hipótesis son ciertas o falsas, lo cierto es que el Señor nos llama a estar preparados y a vivir cada día con excelencia, como si fuera el último de nuestras vidas. Lo único que sabemos con absoluta certeza es que nadie sabe el día ni la hora, solo el Padre Celestial (cfr. Mateo 24:36) y que, en ese orden de ideas, lo nuestro es cumplir lo que Él nos ha encomendado. Y, dentro de esa comisión, debemos hacer lo posible por encaminar a aquellos que creen estar transitando por un camino recto pero al final del cual está la muerte (Santiago 5:19). Quizás en esta tarea no nos hagamos más populares pero estaremos realmente atizando la voz del Espíritu Santo que la creación misma ha venido apagando con su desobediencia.

Que Dios nos ayude en el cumplimiento de nuestra tarea.

JORGE HERNÁN

domingo, noviembre 13, 2011

TRANSACCIONES PELIGROSAS

Leo el relato de Abram en Génesis 12:10-20, cuando entró en Egipto con Sarai su mujer, pero temiendo por su vida, optó por decir que era su hermana. Dice la Palabra (v.16, TLA) que "para quedar bien con Abram, el rey le regaló ovejas, vacas, burros, burras, sirvientes, sirvientas y camellos". Abram transó, cedió integridad a cambio de bienestar y seguridad.


No importa que Faraón le haya ofrecido regalos, lo grave es que Abram los aceptó y recibió, aún viniendo de quien venían. Unos versículos atrás entendemos que este hombre que había sido tremendamente bendecido por Dios y le había sido confiada una maravillosa promesa, había decidido entrar a Egipto "porque allá si había alimentos". Mal comienzo: una necesidad insatisfecha llevó a Abram a Egipto. El temor lo condujo a negociar con Faraón.


¿Qué estamos nosotros dispuestos a entregar a cambio de nuestra tranquilidad? Creemos que hay cosas innegociables, soportadas en  nuestros principios y valores, pero estamos tan expuestos como el patriarca, y en momentos de crisis podemos perder el foco.


Mateo 4 y textos paralelos relatan cómo el Señor mismo fue tentado con la satisfacción de necesidades básicas pero su respuesta fue "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (v. 4). También se le ofreció poder y riqueza pero Él rechazó contundentemente a Satanás.


1 Corintios 10:12 nos recuerda que así creamos estar firmes, debemos tener cuidado de no caer, estar alertas y tener un fundamento sólido que nos impida transar o ceder a la hora de la prueba. Cuando esta sobrevenga, lo que debemos hacer es volver nuestros ojos al Señor y preguntarle cuál es Su propósito en mi vida para disponerme a aprender de Él y ser un instrumento dócil en Sus manos. Sin concesiones, ni facilismos. Rara vez los atajos nos llevan en la dirección correcta y casi nunca las salidas fáciles son puestas por Dios.


Dice el Señor en 1 Juan 2:16: "Pues el mundo sólo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo". Las mismas tentaciones que el diablo sirvió en bandeja a Jesucristo son las que nos atraviesa cada día. Y nosotros debemos ser astutos y buscar la sabiduría de lo alto para discernir cómo enfrentarlas y cómo salir avantes de las crisis y las dificultades de la vida aferrados de Su mano.


Me llama la atención que al final del relato de Génesis 12 Abram salió de Egipto "con todo lo que tenía". Aunque Dios estaba desagradado por causa de su conducta, permitió que sobrevinieran las consecuencias de sus actos para que se develara el engaño. Pero lo que Faraón le había entregado ya hacía parte de su patrimonio.


Cuando transamos, no solamente exponemos nuestra salud espiritual sino que afectamos a otros. Lo peor, sin embargo, son las secuelas. Porque luego debemos trabajar duro para despojarnos de lo que hemos recibido y que no es semilla de bendición, sino que corresponde a las malas siembras que hemos permitido en nuestra vida por causa de nuestra debilidad.


Hoy pido al Señor que me permita andar verdaderamente en integridad, sin buscar lo que no se me ha perdido ni entregar lo que Dios me ha confiado. Que pueda guardar mi corazón y buscarlo solo a Él en los momentos de debilidad y cuando me sienta necesitado. Amén.


JORGE HERNÁN

viernes, octubre 07, 2011

RELEVANCIA ESPIRITUAL

Preguntaba el otro día mi querido amigo el pastor Tito Garzón en una prédica dominical: "Por donde nosotros andamos, las tinieblas tiemblan?" 


La pregunta me llama la atención pues alguna vez leí que si en tu caminar diario no te encuentras con Satanás, es porque está andando a tu lado.


Como creyentes tenemos una misión, y es ser relevantes para el Reino de los Cielos. Trascender. Impactar vidas. Influir sobre otros.


Y es que, en efecto, el cumplimiento de la Gran Comisión (Mateo 18:16-20 y evangelios paralelos) demanda una acción que genere reacciones en el mundo espiritual. Esto, por supuesto, debe ocurrir en un ambiente en el cual mi vida devocional esté completamente equilibrada a fin de que no me proyecte solamente hacia afuera sino que también cultive mi vida interior.


El hecho es que ser relevante implica que causemos bajas en las filas enemigas. Alguna vez me preguntaron si la iglesia en la que me congregaba entonces era conocida. "Lo es en el cielo y en el infierno, que es donde pensamos que es importante que se conozca", respondí. Con frecuencia los creyentes estamos tan cómodos en nuestras bancas de iglesia dejando pasar la vida que olvidamos que allí afuera hay un mundo que clama a gritos por un Salvador, miles de personas que viven sin Dios o adorando, como los atenienses, a un "dios no conocido". Pensemos por un momento que nosotros podríamos ser los encargados de presentárselo.


Necesitamos vivir vidas que hagan que los demonios tiemblen (cfr. Stg 2:19). Dios nos dio autoridad contra las huestes espirituales de maldad pero a veces no la usamos por temor o por comodidad. Más bien, simplemente hacemos a un lado el tema de la guerra espiritual porque pensamos que la vida es menos compleja si omitimos enfrentarnos a esta realidad. Y aunque batallar contra el mal de esta forma es absolutamente escritural, a veces podemos incluso caer en la trampa de llamar "fanáticos" a quienes profesan tal creencia.


Somos relevantes cuando tomamos la armadura de Dios de la que nos habla Efesios 6 y decidimos incursionar en territorio enemigo. Cuando hacemos discípulos y les enseñamos la Palabra no sólo estamos trayendo libertad a sus vidas y generando fiesta en los cielos (cfr. Lucas 15:7) sino que estamos abriendo una tronera espiritual en el ejército adversario por medio de la cual pasarán victoriosos los que se dirigirán a la Puerta Verdadera.


¿Qué estamos haciendo hoy para no indigestarnos con todo lo que recibimos en lugar se proyectarlo a un mundo necesitado de su Salvador?


JORGE HERNÁN

lunes, octubre 03, 2011

TÚ ESTÁS AQUÍ

"—Señor —le dijo Marta a Jesús—, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." (Juan 11:21, NVI)

El reclamo de Marta no difiere mucho de los que cotidianamente le formulamos al Señor. Nos parece que está ausente cuando realmente está en silencio. "Tu hermano resucitará" (cfr. v. 23) fue la concluyente respuesta de Jesús a la hermana de Lázaro. En este relato bíblico, Dios simplemente permitió que las cosas ocurrieran con un propósito en mente. Ya antes lo había dicho: "Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para la gloria de Dios, para que por ella el Hijo de Dios sea glorificado." (v. 4). Y aunque el resultado final fue la gloria de Dios, en el camino había un proceso por el que toda la familia de Lázaro debía pasar y del cual los discípulos de Cristo debían aprender.

Dice una hermosa canción cristiana que cuando Él está en silencio, es porque está trabajando: "Pero Jesús les dijo: «Mi Padre nunca deja de trabajar, ni yo tampoco.»" (Juan 5:17, TLA). Dios siempre está en movimiento, obrando activamente a nuestro alrededor aunque no logremos verlo. Él siempre está a nuestro lado, a veces haciendo ruido y en otras ocasiones observando calladamente el desarrollo de Su perfecto plan.

Claro, tenemos un reto diario: vivir ese proceso de madurar la fe de tal manera que podamos ver la gloria de Dios e impactar a los demás gracias a Su poder sobrenatural que actúa en nosotros. Pero, en fin, lo importante es que el primer paso en este camino es hacer conciencia de la presencia de Dios, es decir, reconocer que el Señor siempre está a nuestro lado. "No te dejaré ni te abandonaré", fue Su promesa (Josué 1:5b, NVI) y la ha cumplido hasta hoy. Sobra decirlo, además va a seguir cumpliéndola.

Aunque nuestros ojos no lo puedan ver, como dice la canción, sabemos que está aquí y tenemos que volvernos sensibles ante esta realidad y ante el hecho incuestionable de que Su amor por mí es mucho mayor de lo que yo pueda incluso imaginar.

Tú, como yo, has vivido momentos difíciles y otros tal vez esplendorosos. En unos y otros el Señor ha estado presente, y lo seguirá estando. No es imprescindible que trates de comprender el propósito justo cuando estás en medio de la tormenta, basta con saber que existe y que quien lo ha determinado es Aquel para el cual tú eres tan importante como para entregar Su vida. 

Con razón Pablo dijo en Romanos 8:31 (DHH): "si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros". Con saberlo, podemos estar confiados...

JORGE HERNÁN

miércoles, septiembre 28, 2011

PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS

"Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2a, RVC)

¿En quién tenemos puestos los ojos? Yo, por lo menos, he afirmado muchas veces que la respuesta es única e inequívoca: en Jesús. Sin embargo, cuando confronto esta afirmación con la realidad encuentro que esta es diferente, porque con frecuencia mi referente es mucho más terrenal. Como humano que soy, tengo una concepción de la realidad que tiende a aferrarse a lo físico más que a lo espiritual, así que mi pastor se convierte en una sensatamente adecuada referencia material y tangible al Dios que representa.

Así pues, mil veces me he sentido defraudado porque mi líder espiritual, pastor o consejero, no ha respondido a mis expectativas cuando yo sentía que más lo necesitaba. Esto se traduce en que no acudió a mi llamado, o no fue sensible a mi necesidad, o simplemente no dispuso del tiempo o no tuvo la voluntad de atenderme.

Dice Darío Silva-Silva: "El Señor es mi pastor, el pastor NO es mi señor". Independientemente del nivel de crecimiento, autoridad y/o cercanía de mi líder, él es simplemente un ministro que cumple la tarea que Dios le encargó desarrollando su actividad con los dones que el Espíritu Santo le entregó. Pero no está capacitado para darme lo que solo Dios puede darme y que yo debo buscar en la Fuente.

Jeremías 17:5 (NTV) dice: "Esto dice el Señor: «Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del Señor.». De nuevo, los líderes que Dios me ha puesto como guía y referencia son simples seres humanos, y no puedo exigir de ellos lo que solamente mi Señor da. Es básicamente la misma idea del salmista, cuando dice: "No pongan su confianza en hombres importantes, en simples hombres que no pueden salvar" (Salmos 146:3, DHH). En la perspectiva divina, todos los mortales entramos en esa categoría y el Señor nos advierte claramente que nuestra confianza únicamente en Él.

Igual ocurre con mi esperanza. Cuando Job decía "Aunque él me mate, en él esperaré" (Job 13:5, RVC) estaba reflejando el tipo de relación que solo Dios puede brindarme. La esperanza en Dios siempre está ligada a la certeza de que Su propósito es bendecirme, y que aunque yo no entienda lo que está ocurriendo a mi alrededor, mi Señor está obrando activamente.

Así pues, cuando nos distraemos y ponemos los ojos, la confianza y la esperanza en simples mortales, no solamente estamos desatendiendo a lo que la Divina Palabra establece sino que muy probablemente vamos a sentirnos, más temprano que tarde, defraudados, tristes y decepcionados con estos líderes, tal vez con la iglesia y de pronto hasta con Dios por cuenta de un error de apreciación de la verdad escritural que se materializa en un pecado: hacer de la carne nuestra fortaleza (cfr. Jer 17:5 LBLA).

A Dios no podemos culparlo de lo que Sus siervos hacen o dejan de hacer, ni responsabilizarlo por lo que dicen o por lo que callan. El que se equivoca demandando de ellos lo que debo buscar en Dios soy yo. Y esta falla no va a corregirse cambiando de líder ni trastéandome de iglesia ni menos aún dándole la espalda al Señor.

Reconozco y acepto que debo fijar la mirada en Jesús, no en los hombres. Pido perdón a Dios por haberme distraído de Su perfecta voluntad. Y, de paso, decido perdonar a los líderes y pastores que alguna vez - o quizás muchas - no respondieron a mis expectativas generándome frustración, dolor y hasta ira.

JORGE HERNÁN


jueves, septiembre 01, 2011

QUÉ HARÉ?


Hace unos días tuve el privilegio de escuchar en la iglesia una hermosa prédica de Sung Hwan Kim sobre la respiración espiritual. Basado en Hechos 22:6-10 decía que las dos grandes preguntas de la vida son: “Quién es Jesús para mí?” y “Qué haré?”. Lo primero se relaciona con la inhalación espiritual, estar en la presencia de Dios, acercarnos al trono de la gracia para recibir de Él. Lo segundo, con la exhalación espiritual, es decir, lo que hacemos para el Reino usando los dones que nos han sido entregados.

Inhalar nos permite deleitarnos y regocijarnos en la presencia del Señor, de modo que la salvación se convierte en algo real y vivencial que transforma nuestra manera de vivir y nos genera una responsabilidad para con Cristo impulsándonos a participar en la gran comisión (cfr. Mateo 28:18-20). Cuando cumplimos la tarea que Jesús nos asignó estamos exhalando.

Así como una persona saludable inhala y exhala, un cristiano saludable no puede arriesgarse a vivir una vida espiritual inoperante por razones de asfixia (no poder inhalar bien o inhalar sustancias tóxicas) o dificultades para exhalar. La cruz tiene dos sentidos: uno vertical, que apunta hacia el cielo, y que refleja de alguna manera la necesidad de desarrollar intimidad con Dios; pero también uno horizontal que señala la imperiosa necesidad de extenderme y alcanzar a otros para Cristo.

En la cómoda tibieza de nuestras vidas olvidamos con frecuencia que tenemos una tarea que cumplir. Preferimos no pararnos frente al Señor y decirle “Heme aquí, envíame a mí” (cfr. Isaías 6:8) porque de alguna manera escogemos pensar que esa tarea les compete a otros. Suponemos que si no estamos en un ministerio que se encargue de llevar la Palabra a quienes tienen vacío de Cristo en sus corazones, entonces no es nuestra responsabilidad exhalar espiritualmente. Nos desligamos inadvertidamente de una tarea que nos ha sido encomendada porque ciertamente hemos sido bendecidos para poder bendecir a otros.

El reto es entonces salir de la zona de confort. Oseas 4:6 muestra el reclamo desgarrado del corazón de Dios, porque Su pueblo está expuesto a perderse, a ser destruido, a ir cautivo, por falta de conocimiento. Y nuestra tarea es abrirnos al mundo para compartir el conocimiento que nos ha sido dado. Talvez sea momento de pararnos de nuestras butacas y abandonar la cálida modorra que produce el sentarse solamente a recibir, para ir a dar. Quizás ha llegado la hora de ir a la presencia de Dios para recibir instrucciones. “Qué haré, Señor?”, preguntó Pablo. El que da las órdenes es Dios, yo soy simplemente un soldado que disciplinadamente me dispongo a atender el llamado de mi Señor. No se trata de lo que yo quiero hacer para Él, sino de lo que Él ha dispuesto que yo haga a Su servicio. Lo importante es que Su sueño para mí se haga realidad, no que se cumpla mi voluntad.

Samuel aprendió a decirle “Habla Señor que tu siervo escucha” (cfr. 1 Samuel 3), y probablemente este sea un buen momento para refrescar nuestra vida de oración reduciendo el tiempo de las peticiones y ampliando el que tenemos destinado a oír Su voz para poder poner en práctica sus mandatos e instrucciones.

Bendiciones,

JORGE HERNÁN

domingo, agosto 21, 2011

DESAFÍO A LA INTEGRIDAD

"Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?...Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él."
(Juan 6, 60 y 66, RV60)


Estos tiempos demandan hombres y mujeres de Dios que hablen Su Palabra con franqueza, claridad y firmeza. Nuestras iglesias, en aras de buscar mensajes que se acomoden a las necesidades de estos tiempos, predican con frecuencia contenidos "políticamente correctos". La gente sale feliz de las reuniones, habiendo escuchado cosas muy cercanas a las que quieren oír, palabras que no los molestan, no los cuestionan, no los incomodan. Los predicadores escogen cuidadosamente lo que van a decir y en nombre de la tolerancia y el respeto evitan recurrentemente hablar lo que pueda incomodar al pueblo. Lo que le pasó al Nazareno, pasa aún hoy en día. Las personas prefieren cambiar de iglesia como quien cambia de traje, o aún abandonar el Camino, antes que enfrentarse a un mensaje duro que los confronte.

Los grandes profetas bíblicos estaban muy lejos de la imagen del predicador que busca contemporizar con su auditorio y procura un escenario agradable que sirva de marco a lo que va a decir, siempre teniendo como fondo la incomensurable gracia de un Dios que todo lo perdona. En estos tiempos no se habla con insistencia del Dios celoso, ni de Su santa ira, ni del pecado que nos aleja de Él, ni de los estilos de vida que atraen maldición en lugar de bendición. Es cierto que el Señor es tan amoroso que nos quiere ver sanos, prósperos, tranquilos y felices, pero es más cierto aún que a Él no le interesa tanto la añadidura como la verdad de una relación profunda e íntima con Él aunque para alcanzarla tengamos que renunciar a la comodidad de vivir a nuestra manera.

Timoteo, inspirado por el Espíritu Santo, dijo: "Porque llegará el día en que la gente no querrá escuchar la buena enseñanza. Al contrario, querrá oír enseñanzas diferentes. Por eso buscará maestros que le digan lo que quiere oír. La gente no escuchará la verdadera enseñanza, sino que prestará atención a toda clase de cuentos." (2 Timoteo 4:3-4, TLA). El día ha llegado. Y nuestra responsabilidad como discípulos de Cristo es predicar la verdadera enseñanza, para ser fieles al Evangelio que alguna vez recibimos. Se trata de Dios, no de los demás. Y nada justifica transar con el mundo ni con los tiempos modernos. Que estemos en pleno siglo XXI no puede ser una excusa para abandonar la Escritura. Por eso había dicho Timoteo unos renglones antes: "Tú anuncia el mensaje de Dios en todo momento. Anúncialo, aunque ese momento no parezca ser el mejor. Muéstrale a la gente sus errores, corrígela y anímala; instrúyela con mucha paciencia" (2 Timoteo 4:2).

Clamo por hombres y mujeres de Dios que sean atrevidos como Jesús, confrontadores como Jesús, inoportunos como Jesús. Personas que expongan la Palabra sin adornos ni maquillajes, sin acomodos, sin temor a herir susceptibilidades. Cristianos íntegros que hablen con denuedo la Palabra sabiendo que deben obedecer a Dios antes que a los hombres (cfr. Hechos 4:29), voces que clamen en el desierto como Juan el Bautista, personas que se paren en la brecha y hagan vallado (cfr. Jeremías 22). Qué importa que no sean populares, qué interesa que no sean divertidos, qué más da que sus congregaciones no estén creciendo día a día.

Bendiciones sobreabundantes en Cristo,

JORGE HERNÁN


miércoles, julio 13, 2011

APRENDIENDO CADA DÍA

“El crisol es para la plata y el horno para el oro, pero Jehová es quien prueba los corazones”
 (Proverbios 17:3, RV95)

Quisiera que realmente cada experiencia de vida fuera un aprendizaje. Dios está obrando todo el tiempo, lo sé, y es Su voluntad enseñarme a través del peregrinaje por esta tierra. Quizás el ritmo cotidiano no me permita abordar cada cuestión como una oportunidad de crecer emocional y espiritualmente pero finalmente quien se lo pierde soy yo.

Desde el punto de vista del Maestro, las clases son todos los días y a todas las horas. Un discípulo inquieto repasa cada instante vivido, lo pasa por el tamiz de la oración y busca extraer de allí un aprendizaje que le sirva para encaminarse en el proceso de maduración en el Señor que lo lleve a “la plena y completa medida de Cristo” (Efesios 4:13, NTV).

Alguna vez escuché una anécdota sobre un virtuoso del violín al cual le preguntaron dónde había aprendido a tocar el instrumento con tal maestría y sublimidad. “En el violín”, respondió el músico con naturalidad. Somos transeúntes en la tierra, es verdad, simples caminantes, pero en el camino nos vamos formando y a través de esa formación Dios nos pone a punto para que seamos quienes Él necesita que seamos, al servicio de Sus planes perfectos. Cada módulo del pensum celestial está diseñado para que aprendamos, para que sometamos a prueba nuestro corazón de manera que sea evidente qué tan permeable es y ha sido frente a la Palabra que hemos oído y leído. Nos ejercitamos en la vida viviendo y desarrollamos nuestros dones poniéndolos en práctica en situaciones en las cuales requerimos de ellos. Así como un deportista tiene que practicar ardua y constantemente para lograr la excelencia, la cual nunca va a alcanzar simplemente leyendo las reglas del deporte respectivo, nosotros tenemos que experimentar para ser formados de la mano de Dios.

Nos volvemos pacientes ejercitándonos en ocasiones que requieren de toda nuestra paciencia, nos volvemos amorosos amando a aquellos que parecen merecerlo menos pero que lo necesitan más, nos volvemos mansos cuando nos vemos forzados a mantener la templanza y ser humildes en circunstancias en las que quizás normalmente seríamos agresivos. Y prácticamente cada fruto del Espíritu brota en nosotros cuando nuestro corazón ha pasado por el crisol de los momentos difíciles y por el horno de las situaciones adversas.

Las parábolas de Jesús se basaban en hechos cotidianos, en cosas que eran lugares comunes para quienes Lo escuchaban. Él sabía sacarle el jugo a las vivencias más simples y más corrientes, y al hacerlo nos estaba enseñando que la vida hay que leerla entre líneas, que Dios está escribiendo para nosotros los mensajes más profundos en medio de las circunstancias más prosaicas. Y desde allí está hablando a nuestros corazones. “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Repasa tu día. Piensa qué aprendiste hoy. Y luego revísalo una vez más, pero ahora hazlo en Su presencia y pidiéndole que arroje Su luz sobre cada experiencia, de modo que sientas que estás siendo edificado, que estás creciendo en dirección a la estatura espiritual del varón perfecto que es Cristo.

Con un corazón agradecido por lo que el Señor me ha enseñado hoy,


JORGE HERNÁN

sábado, julio 02, 2011

CUESTIÓN DE FOCO

"Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra."
(Colosenses 3:2)

Creo haber leído esta cita infinidad de veces, pero cada vez que lo hago me cuestiono acerca de qué tanto la pongo en práctica. Se supone que como hijo de Dios, y a semejanza de Jesús, debo ocuparme en las cosas de mi Padre (cfr. Lc 2:49) que ya mi Padre se ocupará de las mías. Lo aprendí hace tiempo pero debo confesar que no lo vivo como el Señor lo espera. Pierdo demasiado tiempo ocupado de las situaciones cotidianas en lugar de centrarme en mi relación con Dios. Me estoy pareciendo más a Marta de Betania, permitiendo que las horas se escurran en medio de los quehaceres diarios en vez de ocuparme en cultivar mi comunión con Dios. Esto afecta mi vida de oración, que se vuelve reactiva cuando debiera ser proactiva, ya que por naturaleza en caso de emergencia tiendo a buscar el interruptor que activa mi relación vertical. Pero, así como una planta que solo se riega de vez en cuando tiende a marchitarse o por lo menos a no florecer como debiera, lo mismo empieza a ocurrirle a mi vida espiritual.

"Las semillas que cayeron entre los espinos representan a los que oyen la palabra de Dios, pero muy pronto el mensaje queda desplazado por las preocupaciones de esta vida y el atractivo de la riqueza, así que no se produce ningún fruto" (Mateo 13:22, NTV). Esta explicación, dada por Jesús con relación a uno de los aspectos de la parábola del sembrador, parece calar profundamente en muchos de nosotros. Cuando dejamos que la Palabra se pierda, ahogada por las preocupaciones cotidianas, estamos reflejando que nuestro corazón no es terreno fértil para que germine la semilla que ha sido sembrada, y evidenciando la enorme necesidad que tenemos de trabajar en él para adecuarlo y prepararlo apropiadamente para la siembra. Tendremos que abonarlo, fertilizarlo y regarlo reacondicionando nuestra vida espiritual y fortaleciéndola en la disciplina de la lectura de la Biblia y la oración constante. Y esto es así porque necesitamos poner nuestro corazón a punto para que Dios obre. De lo contrario seguiremos desenfocados, poniendo la mira en las cosas de abajo, en los asuntos mundanos que nos distraen de lo esencial.

Al reconocer que mi mente divaga en medio del tiempo de adoración, pensando en cómo resolver las más irrelevantes pequeñeces, es cuando entiendo qué tan lejos he permitido que mi alma se distancie de mi espíritu. Y solo puedo corregir el enfoque agarrando de nuevo con fuerza la mano de mi Señor.

En Cristo Jesús,

JORGE HERNÁN




OTRA VEZ GOLIAT


"Entonces dijo David al filisteo:

--Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.

Jehová te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel.

Y toda esta congregación sabrá que Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla y él os entregará en nuestras manos."

(1 Samuel 17:45-47, RV95)"


No sé cuántas prédicas he escuchado sobre Goliat, ni cuántas canciones alusivas he tarareado, ni cuántas películas he visto, ni cuántos artículos he leído. Lo que sí sé es que hay muchos Goliats en mi vida que siguen paseándose desafiantes amenazando mi tranquilidad e insinuándome que son invencibles.

Parecen inderrotables y adquieren numerosas apariencias: una adicción, un problema, una atadura....se ven como gigantes y llaman nuestra atención sobre ellos. A veces nos quitan el sueño y son nuestra preocupación cotidiana más recurrente. Buscamos mil maneras de atacarlos pero la experiencia, casi siempre basada en nuestras fuerzas, apunta hacia nuestra debilidad y hacia lo frágiles que somos para vencerlos. De hecho, con frecuencia los evitamos y optamos por evadirlos ante la silenciosa certeza de que si tratamos de combatirlos llevamos las de perder. Nos hemos resignado a su presencia, que aceptamos calladamente, y preferimos elaborar un catálogo de justificaciones con las cuales podamos autoconvencernos del statu quo.

Pero David no veía al gigante sino a Dios. Desestimó sus armas terrenales y su evidente respaldo físico. Sabía que el Señor y él siempre serían mayoría. Declaró que al retarlo estaba realmente provocando a Dios y se lo enrostró con claridad. Resaltó que estaba en mejor posición que Goliat, con el Señor y los ejércitos celestiales a su lado.

Igual que tú y yo, ciertamente. No hay diferencia entre la escena bíblica y la que nosotros afrontamos cada día, salvo quizás porque no hemos identificado cuál es nuestra verdadera posición en el campo de batalla. Privilegiados, del lado ganador, con el Dios de los ejércitos de nuestra parte.

La victoria es nuestra hoy. Sí, tuya y mía. El Señor ha entregado a ese enemigo en nuestras manos para que Su nombre resplandezca. Desde su punto de vista, es un problema superado. En sus registros el partido ya se jugó y ya tiene un ganador: Dios. El diablo ya fue avergonzado en la Cruz, solo tenemos que hacer conciencia de ello y dejar de actuar como si hiciéramos parte del equipo perdedor.

La batalla no es mía ni tuya, dice la Escritura que es del Señor. Pero cuando nos empeñamos en lucharla en nuestras propias fuerzas y con nuestros limitados recursos, indefectiblemente vamos a tener que reconocer que no somos gigantes, que estamos pobremente armados y que no tenemos las destrezas necesarias para lograr superarla. Solo cuando entramos en la presencia de Dios, aceptamos nuestras limitaciones y declaramos que es Él quien se encarga de guerrear y, sobre todo, le hacemos entrega real de la situación, estamos en la posibilidad cierta de disfrutar de la victoria que el Señor ha planeado.

Salgamos de la guarida y enfrentemos a Goliat. Hagamos nuestras las palabras de David y que el Espíritu Santo que lo dirigió nos dirija y encamine también a nosotros para que todos sepan que el Señor no salva con espada ni con lanza.

Bendiciones sobreabundantes en Cristo,

JORGE HERNÁN

martes, mayo 17, 2011

CAMBALACHE

“Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.”

Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1935.

Pasaron ya más de tres cuartos de siglo desde que Enrique Santos Discépolo escribió su famoso tango, en el que retrataba de manera cruda la sociedad de entonces, caracterizada por una marcada inversión de valores. La degradación ética y moral es, efectivamente, y como lo dice la canción, una falta de respeto y un atropello a la razón. “Herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón”, dice al final de una de sus estrofas. En otras palabras, hemos contristado al Espíritu Santo. El relativismo moral producido por la desvalorización de los valores supremos, de la que en su momento hablaron Heidegger y Nietzsche, se ha acentuado con los años y la crisis finalmente está bordeando los límites de la inversión total en nombre de una falsa tolerancia. Leo los artículos de prensa de la semana y me encuentro a un “bloguero” de Semana quejándose de que ya estamos dándole validez al término “más o menos honesto” como si semejante oxímoron fuera legítimo. En otra nota de prensa, el pobre Stephen Hawking cuestiona la existencia de una vida más allá de la vida y caemos en la falacia de darlo como cierto por venir de quien proviene: un “magister dixit”, dirían por ahí. Luego me topo con la defensa vehemente que hace un ex magistrado en la que confronta al Procurador porque la ley debe estar por encima de sus opiniones, así esté en contra de los principios divinos. Por otro lado, cada día más figuras públicas orgullosamente “salen del clóset” y exponen con satisfacción su condición homosexual o bisexual. Se supone que nadie puede erigirse en juez de la moral y que la normalidad es un concepto relativo. Ya no hay un “deber ser” absoluto porque hicimos a un lado los cánones de verdad que nos incomodaban y nos hacían difícil vivir a nuestra manera.

Realmente, sin embargo, el problema no es nuevo. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”, en toda la extensión de la palabra mundo. La respuesta la dieron hace siglos los apóstoles Pedro y Juan: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:19-20, RVR). Prefiero aferrarme a unos valores firmes y absolutos, confiables al 100%, consignados en la Palabra de Dios, así me llamen intolerante, que transar con el mundo, el diablo y la carne para acomodarme a los tiempos. A quienes defendemos los principios firmes que Dios en Su infinita sabiduría consignó en las Escrituras nos llaman “retrógrados”, en el mejor de los casos. Oscurantistas, inquisidores, y otros calificativos semejantes se nos endilgan con frecuencia por no pensar como ahora piensan los demás. Por ir contra la corriente. Por ser idealistas. Pero, sobre todo, por ser obedientes a la Palabra. “He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros”, dice 1 Samuel 15:22b (LBLA), expresando lo que espera Dios de un corazón que Le ama. Más claramente, en Juan 14:23 el propio Jesús lo expresó así: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos á Él, y haremos con Él morada” (RV 1909).

No quiero hacer parte de este cambalache. Mi moral no se negocia. Mi ética no está a la venta. Mi integridad no tiene precio. Porque amo a Dios sé que la modernidad no significa la aceptación de lo inaceptable. Una conocida versión de las Escrituras se llama “Dios habla hoy”, porque Su Palabra es tan actual ahora como hace dos mil años, pero yo no puedo acomodarla a mi cosmovisión particular ni dejarme llevar por la fuerza de las ideas o de las costumbres prevalentes para cambiar lo que a mi Señor no le agrada. No puedo añadir a mis fallas cotidianas, a los pecados contra los que habitualmente lucho, el de la desobediencia complaciente que cede ante el mundo para ganar favores y evitar disgustos. No quiero quedar bien con todo el mundo si eso implica quedar mal con Dios. Y necesito firmeza para conservar mi integridad.

Hoy quiero hacer mía la petición de David: “Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen” (Salmos 17:5).

Con todo afecto, después de siete largos meses de silencio,

JORGE HERNÁN

sábado, octubre 16, 2010

UNA REFLEXIÓN

Leo la siguiente noticia aparecida en la prensa internacional hace cerca de un mes: “Uno de los episodios más dramáticos del Antiguo Testamento, cuando durante el éxodo de los hebreos Moisés logró dividir las aguas del Mar Rojo, pudo haber ocurrido en realidad, según revela un nuevo estudio realizado por científicos estadounidenses. Pero este evento descrito en la Biblia habría sido ocasionado por extrañas condiciones meteorológicas y no por la mano de Dios, como se relata en la Biblia, publica el Daily Mail. La investigación, soportada en sofisticados modelos computacionales, sugiere que ráfagas de viento muy poderosas pudieron haber dividido las aguas del mar tal y como lo plantea el éxodo.”

¿No es sorprendente cómo el ser humano se empeña en buscar explicaciones racionales de la obra de Dios? Corazones endurecidos y mentes entenebrecidas, que han olvidado que “He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia ( Job 28:28, RV60)”. El genio científico Stephen Hawking demostró la diferencia entre lo que es la sabiduría a los ojos del Señor y la “sabiduría” humana, al afirmar también que Dios no existe, en una evidente demostración de falta de temor de Dios. Es de esta clase de “sabios” y “entendidos” de la que hablaba el Señor a través de Mateo cuando dijo que había escondido Sus cosas de ellos para revelárselas a la gente sencilla, a quienes son como niños.

Por siglos los hombres con ínfulas de ilustrados han indagado, y encontrado a su satisfacción, explicaciones técnicas, científicas y creíbles para ellos que desdibujan la gloria del Creador para dársela a la creación. Las sanidades milagrosas terminan justificándose incluso en la autosugestión, y aún eventos como la resurrección encuentran osados autores de hipótesis rebuscadas que le den un matiz de racionalidad fácilmente digerible.

El problema del mal, presente desde la Caída, ha inquietado a intelectuales por años, pero muchos de ellos lo han resuelto asesinando a Dios, o simplemente suprimiéndolo de la historia, para no tener que entrar en la aparente contradicción de un Dios que permite que a la gente buena le ocurran cosas que son malas.

El tema es que la respuesta última no está en la razón, y no es comprensible desde la orilla de la limitada mente humana, que a pesar de todo su potencial, es incapaz de albergar el concepto de un Dios ilimitado y trascendente que no alcanzamos a discernir plenamente solo porque no se mueve en las dimensiones en que nosotros lo hacemos. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en ninguna otra de las que Él concibió para que nuestra mente finita lograra captar algo de la majestuosidad del universo.

Carecer de fe me parece más difícil que tenerla. En un mundo que nos da tantas y tan maravillosas evidencias de la presencia de Dios – que se revela a través de Su creación – me resulta increíble que haya gente que se resista a creer.

El Señor cada día hace milagros, de todos los tamaños y variedades. Y necesitamos de la guía de Su Espíritu para ser sensibles a Su obra y hacer conciencia de la permanente intervención divina en el mundo natural.

Nuestro sorprendente Dios nos siga bendiciendo,

JORGE HERNÁN

LAS ZORRAS PEQUEÑAS

“Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne”

(Cantares 2:15, RVR 1960).



El Señor nos ha llamado a vivir en santidad (1 Pedro 1:15-16). Y la santidad implica consagración total, exige que no nos demos licencias, que renunciemos voluntaria y decididamente a no vivir un cristianismo mediocre lleno de fisuras en su testimonio sino que por el contrario tengamos un compromiso total con Cristo, con todo lo que ello implica y supone.

La Palabra nos advierte “el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12, RVR 60), y usualmente los creyentes mantenemos razonablemente la guardia frente a lo que creemos que son “grandes” pecados. Creemos equivocadamente que, siguiendo la cita del autor de Cantares, si las zorras grandes no están acechando nuestro viñedo no tenemos nada que tener así que procuramos cuidarnos de lo que pensamos que puede corrompernos. Pero nos olvidamos de las pequeñas, las que realmente pueden echarlo todo a perder, e incluso somos complacientes, falsamente tolerantes con ellas cuando las vemos pasar. Atentos a los grandes depredadores, dejamos colar a los pequeños pero destructivos microbios que inoculan virus en nuestras vidas espirituales. Y lo que empieza a ocurrir es un fenómeno de corrosión, demoledor, que ataca todas las áreas de nuestra vida. Por ello tenemos que estar alerta frente a este tipo de amenazas.

Las zorras pequeñas se atacan en su guarida, que es la mente. Allí es donde empieza la tentación, para luego afectar las emociones y sacudir la voluntad. Las influencias espirituales negativas normalmente encuentran un buen caldo de cultivo en un alma enferma y dispuesta a transar aún en materia de principios y valores.

Una mirada indiscreta, una palabra vulgar, una respuesta grosera, un chisme, una mentira “piadosa”, una caricia indebida… pecados que minan nuestro carácter y gangrenan lentamente nuestra comunión con Dios, en especial cuando nos permitimos tolerarlos porque “todo el mundo lo hace”, “eso no tiene nada” y mil excusas semejantes. Nos auto-engañamos solo para justificar nuestros errores y complacientemente decimos que son solo “pecaditos”, como si el diminutivo les restara gravedad.

A veces son aspectos cuya inconveniencia nos incomoda, malos hábitos que nos resistimos a dejar porque nos repetimos una y otra vez que Dios nos ama como somos, olvidando que tal vez porque nos ama tanto no quiere que permanezcamos en lo que a Él no le agrada. Bien dijo Pablo que todo nos es lícito, pero no todo nos conviene (1 Corintios 6:12) y hay acciones, actitudes y comportamientos que con toda franqueza en nuestro corazón sabemos que no glorifican al Señor sino que más bien le desagradan.

Otras veces son pecados que no queremos abandonar, torciéndole el espinazo a las Escrituras aunque ellas nos adviertan que se trata de cosas que el Señor francamente aborrece, como la altivez, las maquinaciones, o la cizaña (ver Proverbios 6:15-17).

Vivir en santidad significa que debo tener cuidado con el uso que le doy a mis sentidos corporales porque ellos son la puerta que pone a trabajar el alma. Por ver lo que no debo, por oír lo que no debo, por tocar lo que no debo, por oler lo que no debo, por palpar lo que no debo es que mi mente empieza a funcionar indebidamente, no para rendir alabanza al Creador sino para responder a los estímulos externos con los que Satanás busca distraernos de nuestro propósito. Y la combinación de lo sensorial con los pensamientos inapropiados sacude en nosotros las emociones, que en ellas mismas no son buenas ni malas pero manipuladas por el enemigo se convierten en una bomba de tiempo que hace estallar la voluntad en mil pedazos. Por eso al final terminamos haciendo lo que en lo más profundo de nuestro ser sabemos que no conviene.

Dice Sergio Scataglini que fuimos “creados para ser la foto de Dios”. Hechos a imagen y semejanza Suya, nuestro deber es llevar en alto Su nombre. Por algo cuando el Señor trazó los diez mandamientos advirtió “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano porque no dará Jehová por inocente al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7, RVR 60). Decir que somos cristianos, seguidores de Cristo o discípulos de Cristo entraña una inmensa responsabilidad, por ello no podemos ostentar esta dignidad con ligereza, justamente por eso. Porque es una dignidad y un honor por los que nuestro buen Jesús pagó con Su vida en la cruz del Calvario.

Quiero vivir “a la manera de Cristo” como dice una canción, y el Señor me está inquietando profundamente con relación a lo que representa el llamado a vivir en santidad. En lo personal, estoy trabajando en ello. Hoy oro al Padre pidiendo que el Espíritu Santo te ilumine a ti, que lees estas líneas, y te ayude a vivir por fuera de las zonas grises, lejos de la tibieza y la mediocridad, comprometido con el propósito de Dios para tu vida.

Bendiciones,

JORGE HERNÁN

martes, agosto 10, 2010

FE Y PACIENCIA

"Deseamos que sigan con ese mismo entusiasmo hasta el fin, para que reciban todo lo bueno que con tanta paciencia esperan recibir. No queremos que se vuelvan perezosos. Más bien, sin dudar ni un instante sigan el ejemplo de los que confían en Dios, porque así recibirán lo que Dios les ha prometido."
(Hebreos 6:11-12, TLA)

Unos amigos se reúnen semanalmente a estudiar la Palabra. Las dos últimas semanas estuvimos hablando de la preocupación. Repasamos varios versículos bíblicos en los que el Señor nos insta a no ocuparnos de las cosas que no han pasado. Finalmente, nuestro foco tiene que estar en el presente, no en un pasado que no podemos cambiar ni menos aún en un futuro que no podemos controlar. Leímos citas muy conocidas que hablan de descansar en Él invitándonos a dejar verdaderamente en Sus manos el control de nuestras vidas (Mateo 6:25-34, Jeremías 29:11, 1 Pedro 5:7, entre otras). A medida que avanzábamos por la Palabra pensaba en cuántas veces había leído estos versículos, que casi podía recitar de memoria. En mi mente hay absoluta claridad de las implicaciones que tiene reconocer el señorío de Cristo y saber que Él está a cargo de todo. De hecho, pensaba, estas verdades escriturales son evidentes e indiscutibles para mí desde hace años, las he probado y calibrado infinidad de veces y puedo testificar que son ciertas porque se han hecho vida en mi vida.

Pero a Dios le gustan los cursos prácticos y en el módulo "Confianza", materia "Preocupación", tenía un examen práctico, así que al día siguiente estaba enfrentando una situación real y cotidiana de esas en las que la vieja naturaleza susurra a nuestro corazón "imposible no preocuparte", y el enemigo soterradamente trata de imprimir en nuestra alma la sensación de que si nos preocupamos estamos siendo negligentes. Es decir, cambia el enfoque verdadero por uno impostado que nos lleva a centrarnos en la dificultad en lugar de poner los ojos en Jesús. Es el punto de vista de los espías que según relata el libro de los Números fueron enviados por Moisés a tierra de Canaan y que vieron gigantes inderrotables allí donde Josué y Caleb vieron una oportunidad de glorificar el nombre de Dios venciendo la situación.

El Señor nos confronta, nos pregunta al fondo de nuestro corazón de qué tamaño es nuestra fe. Ni siquiera como un granito de mostaza, como Jesús lo dejó en evidencia. En medio de la tempestad gritamos desde el alma: "Sálvanos, que perecemos". Ojos puestos en las circunstancias, cuando debieran estar fijados en Jesús.

Y el domingo en la iglesia leemos el relato de Abraham tal y como se narra en Hebreos, como una historia de fe. Y allí se revela el cumplimiento de las promesas de Dios cimentado en dos elementos: confianza y paciencia. Creerle a Dios y esperar en Él. No se trata de movernos en el tiempo de Dios, a fin de cuentas Él es atemporal, más bien el asunto radica en no perder el entusiasmo y esperar el tiempo que Dios ha trazado para nosotros a fin de forjar nuestro carácter en la espera. Tampoco consiste en ser perezosos, como advierte el autor de la carta, pues nuestro deber como creyentes es vivir una vida cristiana en excelencia haciendo lo posible y permitiendo que Dios se ocupe de lo que creemos imposible.

Lo cierto es que en el catálogo de cosas que debemos añadirle a la fe en 2 Pedro 1, la paciencia ocupa un lugar importante. Y en Santiago 1:3 el apóstol las enlaza magistralmente cuando dice: "sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia" (RV60). Así que entiendo que debo ser persistente, no dando lugar a la duda ni a la vacilación, sino más bien confiando pacientemente en la intervención de Dios.

Bueno, he tenido que aprender a ver de lejos cómo evolucionan las cosas cuando no existe virtualmente ninguna manera en la que yo pueda alterar el curso de los hechos. Solo me queda seguir el ejemplo al que me invita el autor de la carta a los Hebreos y entregarle verdaderamente mis preocupaciones al Señor sabiendo que Él se encarga de tratar con ellas a medida que crece mi compromiso de tratar con Él. Renuncio pues a controlar lo inmanejable y más bien opto por reconocer que Su Señorío implica hacer realidad en mi vida el hecho de que Él es mi piloto, como lo compartí hace algunos días.

Dios te siga bendiciendo,

JORGE HERNÁN

lunes, julio 26, 2010

EL PECADO DE DEPENDER DEL FUTURO

"No te jactes del día de mañana, porque no sabes lo que el día traerá"
(Proverbios 27:1, NVI)


Escucho una prédica en mi iglesia sobre la mujer que padecía de un flujo de sangre. El pastor llama la atención sobre el hecho de que esta mujer aprovechó la oportunidad en cuanto la tuvo. No esperó un día más, sino que se abrió paso entre la multitud y buscó a Jesús. "Un día de estos", dijo el pastor, "no existe en el calendario. No es uno de los días de la semana." Nos llamó la atención sobre el hecho de que no debemos postergar lo importante, el día es hoy. Vivimos en tiempo presente. Ayer ya pasó y mañana no ha llegado.

Existe un famoso sermón de Dante Gebel llamado "Una noche más con las ranas". Habla del relato de Éxodo 8 cuando Moisés, a instancias del faraón, que estaba desesperado con la plaga de ranas que el Señor había enviado a Egipto, le dice "Dígnate indicarme cuándo debo orar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que las ranas sean quitadas de ti y de tus casas, y que solamente queden en el río" (Ex 8:9, RV60). La sorprendente respuesta del faraón fue: "Mañana" (Ex 8:10). Ni la fetidez del olor de las ranas que estaban por todas partes, aún en los aposentos reales (¡sobre la cama misma del faraón!), ni los miles de ranas muertas a golpes o simplemente estripadas hicieron que el gobernante egipcio clamara: "¡Ya mismo!". Esa actitud, clásica del ser humano, se constituye en un pecado terrible: la posposición, dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.

Como el faraón, que decidió pasar una noche más con las ranas, nos quedamos cómodos consintiendo nuestros pecados, nuestros vicios, nuestras debilidades, prometiendo siempre que mañana, un día de estos, vamos a cambiar. Nos relajamos y nos autoengañamos asegurándonos a nosotros mismos que ya pronto terminaremos de despojarnos del viejo hombre. Como en la canción, "a partir de mañana" empezaremos una nueva dieta, una nueva disciplina espiritual, una nueva rutina de ejercicios. A partir de mañana, nos decimos a nosotros mismos y a todo el que quiera oírnos, todo será distinto. No importa que mañana no esté en nuestras manos, insistimos en que es posible el cambio. O talvez lo hagamos "un día de estos"... así de vago, así de impreciso. Olvidamos que no podemos jactarnos de un futuro que solo depende de Dios y que hablar de mañana, desde el punto de vista del Señor, es un comportamiento soberbio, malo y jactancioso (Santiago 4:16).

¿Por qué esperar? Hace tiempos quería escribir sobre este tema pero consideré que mejor lo hacía después, en un futuro... Existe un anglicismo para definir esta conducta: "procrastinación", y los psicólogos lo definen como la tendencia recurrente a evitar o postergar conscientemente lo que se percibe como desagradable o incómodo. Parecería ser el mal de nuestros tiempos, sobre todo porque al menos a nivel consciente no lo asociamos con una molestia. Dejamos para mañana la búsqueda de una mejor oportunidad laboral, postergamos el juego con nuestros hijos, aplazamos la decisión de estudiar algo que nos mejore el perfil profesional, posponemos una cita médica, dejamos para "después" una labor que nos encomendaron, retrasamos aún el cumplimiento del llamado que Dios nos hizo. En este último sentido, de una manera particular, muchos quieren esperar el instante en que sean cegados por un rayo celestial y caigan del caballo, o el momento en que se abran los cielos y se despliegue una luz de lo alto acompañada de una voz en off que les indique el camino a seguir. La otra opción, la que se desecha, es hacerlo ya.

Posponer las cosas es malversar el tiempo, un recurso precioso que nos dio el Señor, pero que no es acumulable ni reemplazable. Y nosotros disfrazamos este desperdicio diciéndonos a nosotros mismos que no tenemos tiempo, que estamos demasiado ocupados, que tenemos otras cosas que atender. El problema es que colamos el mosquito y nos tragamos el camello, como advierte la Escritura porque con frecuencia nuestro sistema de prioridades está trastocado frente a los patrones bíblicos, así que no ordenamos esas prioridades como lo haría Dios.

Decía Lord Chesterfield Stanhope en las Cartas a su hijo: "Conoce el verdadero valor del tiempo; no lo dejes pasar, aprovéchalo y disfruta cada momento. Nada de ociosidad, nada de pereza, nada de dilaciones: nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". Y en la misma sección en la que Santiago está hablando de nuestra jactancia con relación al futuro concluye diciendo "...Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando" (Stg 4:17, TLA). Así que si sabemos que debemos hacer algo hoy, aprovechar la oportunidad, no dejar pasar el momento pero no lo hacemos estamos pecando. Como dice un viejo chiste, en nuestro vocabulario cotidiano "mañana" significa simplemente "hoy no".

Debo confesar que, al igual que muchos cristianos, necesito batallar arduamente contra este pecado en mi vida. Y hoy quiero alentarte a que hagas lo mismo. Empezando desde ya. Porque la tentación a mantenerme en él es fuerte, mi vieja naturaleza me susurra: "Oye, sí, desde mañana tienes que trabajar en eso". Y es entonces cuando entiendo la importancia de no seguir dependiendo del futuro.

Bendiciones sobreabundantes en Cristo,

JORGE HERNÁN

lunes, julio 12, 2010

MI AMIGO JESÚS

"Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer"
(Juan 15:15, RV60)


Hace unos días una muy querida amiga me escribió pidiéndome consejo acerca de cómo orar. Más allá de la respuesta a la pregunta, sin embargo, el Señor la utilizó como instrumento para hacerme ver cuánto se había enfriado mi relación con Él. Al leerla vinieron a mi mente otras épocas en las que mi comunión con Dios era intensa y estrecha, entendí aquella parte de la parábola del sembrador que está en Lucas 8:14, y me dí cuenta cuán fácil es que lo cotidiano nos distraiga de Él. La Palabra ahogada entre espinos...

Lo cierto es que compartía con mi amiga sobre Ricardo, un hombre de mi edad quien casualmente figura en mis registros como mi más antiguo amigo: ¡¡¡aparece en las fotos de mi primer cumpleaños!!! Lo quiero con toda mi alma pero lo veo poco, una vez al año o a veces menos, pero para mí es una experiencia sumamente grata reencontrarme con él, desatrasarnos de los acontecimientos que han marcado nuestras vidas e incluso de vez en cuando recibir un consejo. Le decía que creo que es la fuerza del cariño la que mantiene viva nuestra amistad.
Y este ejemplo me ilustra perfectamente la manera en qué funciona mi amistad con Dios.

He aprendido que Dios ama incondicionalmente, sacrificialmente, incansablemente, y proactivamente. Y que por eso cada vez que recurro a Él en oración me encuentro a Alguien muy bien dispuesto a seguir creciendo en Su relación conmigo, la que el mismo Autor de la Creación, respetando mi libre albedrío, decidió dejar en mis manos. Cuando ha pasado un tiempo en el que la relación se enfriado por mi cuenta, reduciendo y espaciando el tiempo dedicado a Él, conversando simplemente sobre cosas superficiales o pidiéndole cosas de acuerdo a mis necesidades más elementales, no me encuentro del otro lado con un interlocutor disgustado que me reprocha - aunque podría con toda justicia - por mi ingratitud, mi inconstancia y mi silencio sino que antes bien se deleita con mi compañía como yo debiera deleitarme en la Suya. Siento que cuando Lo busco, Él sonríe dulcemente y me invita a pasar a Su mesa.

Hace tiempo escuché a alguien que predicaba sobre la oración y decía que pasar tiempo con Dios requiere de nosotros que existan el deseo, la disciplina y el deleite, y parte de nuestro tiempo de oración mismo debe ser pidiéndole al Señor que avive estos tres elementos en nosotros, para que no nos rutinicemos, para que no nos aburramos, para que no desfallezcamos.

Me digo a mí mismo que por causa del pecado de posponer las cosas he dejado siempre para "después" el retomar con fuerza el hecho de cultivar mi amistad con Dios. Él me enseñó que para construir una amistad se requiere de dos personas y que por muchos esfuerzos que haga una de ellas la relación no fluirá mientras no haya una decisión conjunta de cimentarla, construirla y edificarla cada día. Lo mejor es que Él ya hizo su parte "por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es de su carne" (Hebreos 10:20, RV60) a través del cual nos invita a acercarnos confiadamente a Su presencia. La mía, simplemente, es buscarlo.

Ver al Señor en su dimensión como "amigo" es lo que nos permite acudir ante Él en oración conversando de una manera natural y espontánea. Sin tapujos, caretas ni máscaras. Sin preparación ni formalismos, tal como soy. Simplemente hablo, como me sale del corazón, digo las cosas como las pienso y las siento, sin adornos ni disimulos. Y de vez en cuando hago una pausa para escuchar. Con el Señor, aquieto mi alma y le pido que hable a mi corazón, que me responda de alguna manera que yo pueda entender y me preparo y dispongo para hacerlo.

A ese Amigo es al que quiero reencontrar. Y te invito a que si has bajado la guardia en tu tiempo con Él, hagas lo mismo. Al final, es el único amigo que nunca te va a fallar. Y si tu vida de oración, por el contrario, va en espiral ascendente, no te descuides, recuerda que cuando creemos estar más firmes mayor cuidado tenemos que tener para no caer.

Dios te siga bendiciendo,

JORGE HERNÁN



miércoles, abril 21, 2010

DIOS NO ES MI COPILOTO

No, no es ni debe serlo. Pese a lo bien que se ve la calcomanía- tan de moda hace varios años -que lo anuncia, la verdad es que cuando he tomado el control del volante de mi vida para sentar a Dios a mi lado, las cosas no han funcionado como debieran. Muchos conductores creen que nadie los supera frente a un timón y prefieren que todos los que van con ellos, copiloto y pasajeros, guarden silencio.

Cuando Dios es mi copiloto tiendo a callarlo, a decirle incluso educadamente que quien voy manejando soy yo, no Él. Tiendo a creer que yo sé cuál es el mejor camino, a veces inclusive buscando atajos que no son del todo legítimos y me autoconvenzo de seguir mis instintos. El copiloto suele ser un acompañante que en ocasiones sirve de guía o apoyo a quien va conduciendo. Pero mi Dios es más que eso, Él es quien tiene el control. De hecho, su rol es el de piloto: el que conduce, gobierna, dirige. Mi vida es el vehículo. Y Él quien está a cargo.

El riesgo de sentarme en el puesto que a Él le corresponde es enorme: para ponerlo en términos actuales, carezco de GPS. Él no. Desconozco cómo sortear ciertos obstáculos. Él no, de hecho convierte los montes en caminos. Puedo ir demasiado rápido o demasiado despacio. Él va siempre a la velocidad precisa. La imprudencia me puede incluso ocasionar algún tipo de accidente. Él siempre es prudente y sabe qué es lo mejor en cada situación. Pero hay algo mejor: Él es el Fabricante, así que sabe exactamente lo qué hay que hacer para corregir el menor desperfecto o arreglar el peor desastre en mi vida.

Definitivamente es mala idea tratar de tomar el lugar que nadie me asignó.

"Porque tú eres mi roca y mi castillo;Por tu nombre me guiarás y me encaminarás." (Salmo 31:3, RV60)