Hola, mis queridos amigos y hermanos en la fe. Quiero darles la bienvenida a este blog que solo pretende ser un espacio para compartir con ustedes vivencias y enseñanzas que el Señor me ha regalado... Doy gracias a Dios por haberlos puesto en mi camino y espero contar con su amistad siempre, como ustedes cuentan con la mía. Un abrazo para todos y que Jesús siga siendo para cada uno EL camino, LA verdad y LA vida. Muchas bendiciones, Jorge Hernán
viernes, junio 15, 2012
CONTÉNTATE
martes, mayo 22, 2012
CONFIANZA
jueves, febrero 23, 2012
LECCIONES DE VIDA
lunes, enero 02, 2012
CAMINOS NO TAN DERECHOS
domingo, noviembre 13, 2011
TRANSACCIONES PELIGROSAS
No importa que Faraón le haya ofrecido regalos, lo grave es que Abram los aceptó y recibió, aún viniendo de quien venían. Unos versículos atrás entendemos que este hombre que había sido tremendamente bendecido por Dios y le había sido confiada una maravillosa promesa, había decidido entrar a Egipto "porque allá si había alimentos". Mal comienzo: una necesidad insatisfecha llevó a Abram a Egipto. El temor lo condujo a negociar con Faraón.
¿Qué estamos nosotros dispuestos a entregar a cambio de nuestra tranquilidad? Creemos que hay cosas innegociables, soportadas en nuestros principios y valores, pero estamos tan expuestos como el patriarca, y en momentos de crisis podemos perder el foco.
Mateo 4 y textos paralelos relatan cómo el Señor mismo fue tentado con la satisfacción de necesidades básicas pero su respuesta fue "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (v. 4). También se le ofreció poder y riqueza pero Él rechazó contundentemente a Satanás.
1 Corintios 10:12 nos recuerda que así creamos estar firmes, debemos tener cuidado de no caer, estar alertas y tener un fundamento sólido que nos impida transar o ceder a la hora de la prueba. Cuando esta sobrevenga, lo que debemos hacer es volver nuestros ojos al Señor y preguntarle cuál es Su propósito en mi vida para disponerme a aprender de Él y ser un instrumento dócil en Sus manos. Sin concesiones, ni facilismos. Rara vez los atajos nos llevan en la dirección correcta y casi nunca las salidas fáciles son puestas por Dios.
Dice el Señor en 1 Juan 2:16: "Pues el mundo sólo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo". Las mismas tentaciones que el diablo sirvió en bandeja a Jesucristo son las que nos atraviesa cada día. Y nosotros debemos ser astutos y buscar la sabiduría de lo alto para discernir cómo enfrentarlas y cómo salir avantes de las crisis y las dificultades de la vida aferrados de Su mano.
Me llama la atención que al final del relato de Génesis 12 Abram salió de Egipto "con todo lo que tenía". Aunque Dios estaba desagradado por causa de su conducta, permitió que sobrevinieran las consecuencias de sus actos para que se develara el engaño. Pero lo que Faraón le había entregado ya hacía parte de su patrimonio.
Cuando transamos, no solamente exponemos nuestra salud espiritual sino que afectamos a otros. Lo peor, sin embargo, son las secuelas. Porque luego debemos trabajar duro para despojarnos de lo que hemos recibido y que no es semilla de bendición, sino que corresponde a las malas siembras que hemos permitido en nuestra vida por causa de nuestra debilidad.
Hoy pido al Señor que me permita andar verdaderamente en integridad, sin buscar lo que no se me ha perdido ni entregar lo que Dios me ha confiado. Que pueda guardar mi corazón y buscarlo solo a Él en los momentos de debilidad y cuando me sienta necesitado. Amén.
JORGE HERNÁN
viernes, octubre 07, 2011
RELEVANCIA ESPIRITUAL
La pregunta me llama la atención pues alguna vez leí que si en tu caminar diario no te encuentras con Satanás, es porque está andando a tu lado.
Como creyentes tenemos una misión, y es ser relevantes para el Reino de los Cielos. Trascender. Impactar vidas. Influir sobre otros.
Y es que, en efecto, el cumplimiento de la Gran Comisión (Mateo 18:16-20 y evangelios paralelos) demanda una acción que genere reacciones en el mundo espiritual. Esto, por supuesto, debe ocurrir en un ambiente en el cual mi vida devocional esté completamente equilibrada a fin de que no me proyecte solamente hacia afuera sino que también cultive mi vida interior.
El hecho es que ser relevante implica que causemos bajas en las filas enemigas. Alguna vez me preguntaron si la iglesia en la que me congregaba entonces era conocida. "Lo es en el cielo y en el infierno, que es donde pensamos que es importante que se conozca", respondí. Con frecuencia los creyentes estamos tan cómodos en nuestras bancas de iglesia dejando pasar la vida que olvidamos que allí afuera hay un mundo que clama a gritos por un Salvador, miles de personas que viven sin Dios o adorando, como los atenienses, a un "dios no conocido". Pensemos por un momento que nosotros podríamos ser los encargados de presentárselo.
Necesitamos vivir vidas que hagan que los demonios tiemblen (cfr. Stg 2:19). Dios nos dio autoridad contra las huestes espirituales de maldad pero a veces no la usamos por temor o por comodidad. Más bien, simplemente hacemos a un lado el tema de la guerra espiritual porque pensamos que la vida es menos compleja si omitimos enfrentarnos a esta realidad. Y aunque batallar contra el mal de esta forma es absolutamente escritural, a veces podemos incluso caer en la trampa de llamar "fanáticos" a quienes profesan tal creencia.
Somos relevantes cuando tomamos la armadura de Dios de la que nos habla Efesios 6 y decidimos incursionar en territorio enemigo. Cuando hacemos discípulos y les enseñamos la Palabra no sólo estamos trayendo libertad a sus vidas y generando fiesta en los cielos (cfr. Lucas 15:7) sino que estamos abriendo una tronera espiritual en el ejército adversario por medio de la cual pasarán victoriosos los que se dirigirán a la Puerta Verdadera.
¿Qué estamos haciendo hoy para no indigestarnos con todo lo que recibimos en lugar se proyectarlo a un mundo necesitado de su Salvador?
JORGE HERNÁN
lunes, octubre 03, 2011
TÚ ESTÁS AQUÍ
miércoles, septiembre 28, 2011
PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
jueves, septiembre 01, 2011
QUÉ HARÉ?
domingo, agosto 21, 2011
DESAFÍO A LA INTEGRIDAD
miércoles, julio 13, 2011
APRENDIENDO CADA DÍA
sábado, julio 02, 2011
CUESTIÓN DE FOCO
OTRA VEZ GOLIAT
"Entonces dijo David al filisteo:
--Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.
Jehová te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel.
Y toda esta congregación sabrá que Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla y él os entregará en nuestras manos."
(1 Samuel 17:45-47, RV95)"
No sé cuántas prédicas he escuchado sobre Goliat, ni cuántas canciones alusivas he tarareado, ni cuántas películas he visto, ni cuántos artículos he leído. Lo que sí sé es que hay muchos Goliats en mi vida que siguen paseándose desafiantes amenazando mi tranquilidad e insinuándome que son invencibles.
Parecen inderrotables y adquieren numerosas apariencias: una adicción, un problema, una atadura....se ven como gigantes y llaman nuestra atención sobre ellos. A veces nos quitan el sueño y son nuestra preocupación cotidiana más recurrente. Buscamos mil maneras de atacarlos pero la experiencia, casi siempre basada en nuestras fuerzas, apunta hacia nuestra debilidad y hacia lo frágiles que somos para vencerlos. De hecho, con frecuencia los evitamos y optamos por evadirlos ante la silenciosa certeza de que si tratamos de combatirlos llevamos las de perder. Nos hemos resignado a su presencia, que aceptamos calladamente, y preferimos elaborar un catálogo de justificaciones con las cuales podamos autoconvencernos del statu quo.
Pero David no veía al gigante sino a Dios. Desestimó sus armas terrenales y su evidente respaldo físico. Sabía que el Señor y él siempre serían mayoría. Declaró que al retarlo estaba realmente provocando a Dios y se lo enrostró con claridad. Resaltó que estaba en mejor posición que Goliat, con el Señor y los ejércitos celestiales a su lado.Igual que tú y yo, ciertamente. No hay diferencia entre la escena bíblica y la que nosotros afrontamos cada día, salvo quizás porque no hemos identificado cuál es nuestra verdadera posición en el campo de batalla. Privilegiados, del lado ganador, con el Dios de los ejércitos de nuestra parte.
La victoria es nuestra hoy. Sí, tuya y mía. El Señor ha entregado a ese enemigo en nuestras manos para que Su nombre resplandezca. Desde su punto de vista, es un problema superado. En sus registros el partido ya se jugó y ya tiene un ganador: Dios. El diablo ya fue avergonzado en la Cruz, solo tenemos que hacer conciencia de ello y dejar de actuar como si hiciéramos parte del equipo perdedor.
La batalla no es mía ni tuya, dice la Escritura que es del Señor. Pero cuando nos empeñamos en lucharla en nuestras propias fuerzas y con nuestros limitados recursos, indefectiblemente vamos a tener que reconocer que no somos gigantes, que estamos pobremente armados y que no tenemos las destrezas necesarias para lograr superarla. Solo cuando entramos en la presencia de Dios, aceptamos nuestras limitaciones y declaramos que es Él quien se encarga de guerrear y, sobre todo, le hacemos entrega real de la situación, estamos en la posibilidad cierta de disfrutar de la victoria que el Señor ha planeado.
Salgamos de la guarida y enfrentemos a Goliat. Hagamos nuestras las palabras de David y que el Espíritu Santo que lo dirigió nos dirija y encamine también a nosotros para que todos sepan que el Señor no salva con espada ni con lanza.
Bendiciones sobreabundantes en Cristo,
JORGE HERNÁN
martes, mayo 17, 2011
CAMBALACHE
“Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.”
Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1935.
Pasaron ya más de tres cuartos de siglo desde que Enrique Santos Discépolo escribió su famoso tango, en el que retrataba de manera cruda la sociedad de entonces, caracterizada por una marcada inversión de valores. La degradación ética y moral es, efectivamente, y como lo dice la canción, una falta de respeto y un atropello a la razón. “Herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón”, dice al final de una de sus estrofas. En otras palabras, hemos contristado al Espíritu Santo. El relativismo moral producido por la desvalorización de los valores supremos, de la que en su momento hablaron Heidegger y Nietzsche, se ha acentuado con los años y la crisis finalmente está bordeando los límites de la inversión total en nombre de una falsa tolerancia. Leo los artículos de prensa de la semana y me encuentro a un “bloguero” de Semana quejándose de que ya estamos dándole validez al término “más o menos honesto” como si semejante oxímoron fuera legítimo. En otra nota de prensa, el pobre Stephen Hawking cuestiona la existencia de una vida más allá de la vida y caemos en la falacia de darlo como cierto por venir de quien proviene: un “magister dixit”, dirían por ahí. Luego me topo con la defensa vehemente que hace un ex magistrado en la que confronta al Procurador porque la ley debe estar por encima de sus opiniones, así esté en contra de los principios divinos. Por otro lado, cada día más figuras públicas orgullosamente “salen del clóset” y exponen con satisfacción su condición homosexual o bisexual. Se supone que nadie puede erigirse en juez de la moral y que la normalidad es un concepto relativo. Ya no hay un “deber ser” absoluto porque hicimos a un lado los cánones de verdad que nos incomodaban y nos hacían difícil vivir a nuestra manera.
Realmente, sin embargo, el problema no es nuevo. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”, en toda la extensión de la palabra mundo. La respuesta la dieron hace siglos los apóstoles Pedro y Juan: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:19-20, RVR). Prefiero aferrarme a unos valores firmes y absolutos, confiables al 100%, consignados en la Palabra de Dios, así me llamen intolerante, que transar con el mundo, el diablo y la carne para acomodarme a los tiempos. A quienes defendemos los principios firmes que Dios en Su infinita sabiduría consignó en las Escrituras nos llaman “retrógrados”, en el mejor de los casos. Oscurantistas, inquisidores, y otros calificativos semejantes se nos endilgan con frecuencia por no pensar como ahora piensan los demás. Por ir contra la corriente. Por ser idealistas. Pero, sobre todo, por ser obedientes a la Palabra. “He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros”, dice 1 Samuel 15:22b (LBLA), expresando lo que espera Dios de un corazón que Le ama. Más claramente, en Juan 14:23 el propio Jesús lo expresó así: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos á Él, y haremos con Él morada” (RV 1909).
No quiero hacer parte de este cambalache. Mi moral no se negocia. Mi ética no está a la venta. Mi integridad no tiene precio. Porque amo a Dios sé que la modernidad no significa la aceptación de lo inaceptable. Una conocida versión de las Escrituras se llama “Dios habla hoy”, porque Su Palabra es tan actual ahora como hace dos mil años, pero yo no puedo acomodarla a mi cosmovisión particular ni dejarme llevar por la fuerza de las ideas o de las costumbres prevalentes para cambiar lo que a mi Señor no le agrada. No puedo añadir a mis fallas cotidianas, a los pecados contra los que habitualmente lucho, el de la desobediencia complaciente que cede ante el mundo para ganar favores y evitar disgustos. No quiero quedar bien con todo el mundo si eso implica quedar mal con Dios. Y necesito firmeza para conservar mi integridad.
Hoy quiero hacer mía la petición de David: “Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen” (Salmos 17:5).
Con todo afecto, después de siete largos meses de silencio,
JORGE HERNÁN
sábado, octubre 16, 2010
UNA REFLEXIÓN
¿No es sorprendente cómo el ser humano se empeña en buscar explicaciones racionales de la obra de Dios? Corazones endurecidos y mentes entenebrecidas, que han olvidado que “He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia ( Job 28:28, RV60)”. El genio científico Stephen Hawking demostró la diferencia entre lo que es la sabiduría a los ojos del Señor y la “sabiduría” humana, al afirmar también que Dios no existe, en una evidente demostración de falta de temor de Dios. Es de esta clase de “sabios” y “entendidos” de la que hablaba el Señor a través de Mateo cuando dijo que había escondido Sus cosas de ellos para revelárselas a la gente sencilla, a quienes son como niños.
Por siglos los hombres con ínfulas de ilustrados han indagado, y encontrado a su satisfacción, explicaciones técnicas, científicas y creíbles para ellos que desdibujan la gloria del Creador para dársela a la creación. Las sanidades milagrosas terminan justificándose incluso en la autosugestión, y aún eventos como la resurrección encuentran osados autores de hipótesis rebuscadas que le den un matiz de racionalidad fácilmente digerible.
El problema del mal, presente desde la Caída, ha inquietado a intelectuales por años, pero muchos de ellos lo han resuelto asesinando a Dios, o simplemente suprimiéndolo de la historia, para no tener que entrar en la aparente contradicción de un Dios que permite que a la gente buena le ocurran cosas que son malas.
El tema es que la respuesta última no está en la razón, y no es comprensible desde la orilla de la limitada mente humana, que a pesar de todo su potencial, es incapaz de albergar el concepto de un Dios ilimitado y trascendente que no alcanzamos a discernir plenamente solo porque no se mueve en las dimensiones en que nosotros lo hacemos. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en ninguna otra de las que Él concibió para que nuestra mente finita lograra captar algo de la majestuosidad del universo.
Carecer de fe me parece más difícil que tenerla. En un mundo que nos da tantas y tan maravillosas evidencias de la presencia de Dios – que se revela a través de Su creación – me resulta increíble que haya gente que se resista a creer.
El Señor cada día hace milagros, de todos los tamaños y variedades. Y necesitamos de la guía de Su Espíritu para ser sensibles a Su obra y hacer conciencia de la permanente intervención divina en el mundo natural.
Nuestro sorprendente Dios nos siga bendiciendo,
JORGE HERNÁN
LAS ZORRAS PEQUEÑAS
(Cantares 2:15, RVR 1960).
El Señor nos ha llamado a vivir en santidad (1 Pedro 1:15-16). Y la santidad implica consagración total, exige que no nos demos licencias, que renunciemos voluntaria y decididamente a no vivir un cristianismo mediocre lleno de fisuras en su testimonio sino que por el contrario tengamos un compromiso total con Cristo, con todo lo que ello implica y supone.
La Palabra nos advierte “el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12, RVR 60), y usualmente los creyentes mantenemos razonablemente la guardia frente a lo que creemos que son “grandes” pecados. Creemos equivocadamente que, siguiendo la cita del autor de Cantares, si las zorras grandes no están acechando nuestro viñedo no tenemos nada que tener así que procuramos cuidarnos de lo que pensamos que puede corrompernos. Pero nos olvidamos de las pequeñas, las que realmente pueden echarlo todo a perder, e incluso somos complacientes, falsamente tolerantes con ellas cuando las vemos pasar. Atentos a los grandes depredadores, dejamos colar a los pequeños pero destructivos microbios que inoculan virus en nuestras vidas espirituales. Y lo que empieza a ocurrir es un fenómeno de corrosión, demoledor, que ataca todas las áreas de nuestra vida. Por ello tenemos que estar alerta frente a este tipo de amenazas.
Las zorras pequeñas se atacan en su guarida, que es la mente. Allí es donde empieza la tentación, para luego afectar las emociones y sacudir la voluntad. Las influencias espirituales negativas normalmente encuentran un buen caldo de cultivo en un alma enferma y dispuesta a transar aún en materia de principios y valores.
Una mirada indiscreta, una palabra vulgar, una respuesta grosera, un chisme, una mentira “piadosa”, una caricia indebida… pecados que minan nuestro carácter y gangrenan lentamente nuestra comunión con Dios, en especial cuando nos permitimos tolerarlos porque “todo el mundo lo hace”, “eso no tiene nada” y mil excusas semejantes. Nos auto-engañamos solo para justificar nuestros errores y complacientemente decimos que son solo “pecaditos”, como si el diminutivo les restara gravedad.
A veces son aspectos cuya inconveniencia nos incomoda, malos hábitos que nos resistimos a dejar porque nos repetimos una y otra vez que Dios nos ama como somos, olvidando que tal vez porque nos ama tanto no quiere que permanezcamos en lo que a Él no le agrada. Bien dijo Pablo que todo nos es lícito, pero no todo nos conviene (1 Corintios 6:12) y hay acciones, actitudes y comportamientos que con toda franqueza en nuestro corazón sabemos que no glorifican al Señor sino que más bien le desagradan.
Otras veces son pecados que no queremos abandonar, torciéndole el espinazo a las Escrituras aunque ellas nos adviertan que se trata de cosas que el Señor francamente aborrece, como la altivez, las maquinaciones, o la cizaña (ver Proverbios 6:15-17).
Vivir en santidad significa que debo tener cuidado con el uso que le doy a mis sentidos corporales porque ellos son la puerta que pone a trabajar el alma. Por ver lo que no debo, por oír lo que no debo, por tocar lo que no debo, por oler lo que no debo, por palpar lo que no debo es que mi mente empieza a funcionar indebidamente, no para rendir alabanza al Creador sino para responder a los estímulos externos con los que Satanás busca distraernos de nuestro propósito. Y la combinación de lo sensorial con los pensamientos inapropiados sacude en nosotros las emociones, que en ellas mismas no son buenas ni malas pero manipuladas por el enemigo se convierten en una bomba de tiempo que hace estallar la voluntad en mil pedazos. Por eso al final terminamos haciendo lo que en lo más profundo de nuestro ser sabemos que no conviene.
Dice Sergio Scataglini que fuimos “creados para ser la foto de Dios”. Hechos a imagen y semejanza Suya, nuestro deber es llevar en alto Su nombre. Por algo cuando el Señor trazó los diez mandamientos advirtió “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano porque no dará Jehová por inocente al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7, RVR 60). Decir que somos cristianos, seguidores de Cristo o discípulos de Cristo entraña una inmensa responsabilidad, por ello no podemos ostentar esta dignidad con ligereza, justamente por eso. Porque es una dignidad y un honor por los que nuestro buen Jesús pagó con Su vida en la cruz del Calvario.
Quiero vivir “a la manera de Cristo” como dice una canción, y el Señor me está inquietando profundamente con relación a lo que representa el llamado a vivir en santidad. En lo personal, estoy trabajando en ello. Hoy oro al Padre pidiendo que el Espíritu Santo te ilumine a ti, que lees estas líneas, y te ayude a vivir por fuera de las zonas grises, lejos de la tibieza y la mediocridad, comprometido con el propósito de Dios para tu vida.
Bendiciones,
JORGE HERNÁN
martes, agosto 10, 2010
FE Y PACIENCIA
(Hebreos 6:11-12, TLA)
Unos amigos se reúnen semanalmente a estudiar la Palabra. Las dos últimas semanas estuvimos hablando de la preocupación. Repasamos varios versículos bíblicos en los que el Señor nos insta a no ocuparnos de las cosas que no han pasado. Finalmente, nuestro foco tiene que estar en el presente, no en un pasado que no podemos cambiar ni menos aún en un futuro que no podemos controlar. Leímos citas muy conocidas que hablan de descansar en Él invitándonos a dejar verdaderamente en Sus manos el control de nuestras vidas (Mateo 6:25-34, Jeremías 29:11, 1 Pedro 5:7, entre otras). A medida que avanzábamos por la Palabra pensaba en cuántas veces había leído estos versículos, que casi podía recitar de memoria. En mi mente hay absoluta claridad de las implicaciones que tiene reconocer el señorío de Cristo y saber que Él está a cargo de todo. De hecho, pensaba, estas verdades escriturales son evidentes e indiscutibles para mí desde hace años, las he probado y calibrado infinidad de veces y puedo testificar que son ciertas porque se han hecho vida en mi vida.
Pero a Dios le gustan los cursos prácticos y en el módulo "Confianza", materia "Preocupación", tenía un examen práctico, así que al día siguiente estaba enfrentando una situación real y cotidiana de esas en las que la vieja naturaleza susurra a nuestro corazón "imposible no preocuparte", y el enemigo soterradamente trata de imprimir en nuestra alma la sensación de que si nos preocupamos estamos siendo negligentes. Es decir, cambia el enfoque verdadero por uno impostado que nos lleva a centrarnos en la dificultad en lugar de poner los ojos en Jesús. Es el punto de vista de los espías que según relata el libro de los Números fueron enviados por Moisés a tierra de Canaan y que vieron gigantes inderrotables allí donde Josué y Caleb vieron una oportunidad de glorificar el nombre de Dios venciendo la situación.
El Señor nos confronta, nos pregunta al fondo de nuestro corazón de qué tamaño es nuestra fe. Ni siquiera como un granito de mostaza, como Jesús lo dejó en evidencia. En medio de la tempestad gritamos desde el alma: "Sálvanos, que perecemos". Ojos puestos en las circunstancias, cuando debieran estar fijados en Jesús.
Y el domingo en la iglesia leemos el relato de Abraham tal y como se narra en Hebreos, como una historia de fe. Y allí se revela el cumplimiento de las promesas de Dios cimentado en dos elementos: confianza y paciencia. Creerle a Dios y esperar en Él. No se trata de movernos en el tiempo de Dios, a fin de cuentas Él es atemporal, más bien el asunto radica en no perder el entusiasmo y esperar el tiempo que Dios ha trazado para nosotros a fin de forjar nuestro carácter en la espera. Tampoco consiste en ser perezosos, como advierte el autor de la carta, pues nuestro deber como creyentes es vivir una vida cristiana en excelencia haciendo lo posible y permitiendo que Dios se ocupe de lo que creemos imposible.
Lo cierto es que en el catálogo de cosas que debemos añadirle a la fe en 2 Pedro 1, la paciencia ocupa un lugar importante. Y en Santiago 1:3 el apóstol las enlaza magistralmente cuando dice: "sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia" (RV60). Así que entiendo que debo ser persistente, no dando lugar a la duda ni a la vacilación, sino más bien confiando pacientemente en la intervención de Dios.
Bueno, he tenido que aprender a ver de lejos cómo evolucionan las cosas cuando no existe virtualmente ninguna manera en la que yo pueda alterar el curso de los hechos. Solo me queda seguir el ejemplo al que me invita el autor de la carta a los Hebreos y entregarle verdaderamente mis preocupaciones al Señor sabiendo que Él se encarga de tratar con ellas a medida que crece mi compromiso de tratar con Él. Renuncio pues a controlar lo inmanejable y más bien opto por reconocer que Su Señorío implica hacer realidad en mi vida el hecho de que Él es mi piloto, como lo compartí hace algunos días.
Dios te siga bendiciendo,
JORGE HERNÁN
lunes, julio 26, 2010
EL PECADO DE DEPENDER DEL FUTURO
Existe un famoso sermón de Dante Gebel llamado "Una noche más con las ranas". Habla del relato de Éxodo 8 cuando Moisés, a instancias del faraón, que estaba desesperado con la plaga de ranas que el Señor había enviado a Egipto, le dice "Dígnate indicarme cuándo debo orar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que las ranas sean quitadas de ti y de tus casas, y que solamente queden en el río" (Ex 8:9, RV60). La sorprendente respuesta del faraón fue: "Mañana" (Ex 8:10). Ni la fetidez del olor de las ranas que estaban por todas partes, aún en los aposentos reales (¡sobre la cama misma del faraón!), ni los miles de ranas muertas a golpes o simplemente estripadas hicieron que el gobernante egipcio clamara: "¡Ya mismo!". Esa actitud, clásica del ser humano, se constituye en un pecado terrible: la posposición, dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.
Como el faraón, que decidió pasar una noche más con las ranas, nos quedamos cómodos consintiendo nuestros pecados, nuestros vicios, nuestras debilidades, prometiendo siempre que mañana, un día de estos, vamos a cambiar. Nos relajamos y nos autoengañamos asegurándonos a nosotros mismos que ya pronto terminaremos de despojarnos del viejo hombre. Como en la canción, "a partir de mañana" empezaremos una nueva dieta, una nueva disciplina espiritual, una nueva rutina de ejercicios. A partir de mañana, nos decimos a nosotros mismos y a todo el que quiera oírnos, todo será distinto. No importa que mañana no esté en nuestras manos, insistimos en que es posible el cambio. O talvez lo hagamos "un día de estos"... así de vago, así de impreciso. Olvidamos que no podemos jactarnos de un futuro que solo depende de Dios y que hablar de mañana, desde el punto de vista del Señor, es un comportamiento soberbio, malo y jactancioso (Santiago 4:16).
¿Por qué esperar? Hace tiempos quería escribir sobre este tema pero consideré que mejor lo hacía después, en un futuro... Existe un anglicismo para definir esta conducta: "procrastinación", y los psicólogos lo definen como la tendencia recurrente a evitar o postergar conscientemente lo que se percibe como desagradable o incómodo. Parecería ser el mal de nuestros tiempos, sobre todo porque al menos a nivel consciente no lo asociamos con una molestia. Dejamos para mañana la búsqueda de una mejor oportunidad laboral, postergamos el juego con nuestros hijos, aplazamos la decisión de estudiar algo que nos mejore el perfil profesional, posponemos una cita médica, dejamos para "después" una labor que nos encomendaron, retrasamos aún el cumplimiento del llamado que Dios nos hizo. En este último sentido, de una manera particular, muchos quieren esperar el instante en que sean cegados por un rayo celestial y caigan del caballo, o el momento en que se abran los cielos y se despliegue una luz de lo alto acompañada de una voz en off que les indique el camino a seguir. La otra opción, la que se desecha, es hacerlo ya.
Posponer las cosas es malversar el tiempo, un recurso precioso que nos dio el Señor, pero que no es acumulable ni reemplazable. Y nosotros disfrazamos este desperdicio diciéndonos a nosotros mismos que no tenemos tiempo, que estamos demasiado ocupados, que tenemos otras cosas que atender. El problema es que colamos el mosquito y nos tragamos el camello, como advierte la Escritura porque con frecuencia nuestro sistema de prioridades está trastocado frente a los patrones bíblicos, así que no ordenamos esas prioridades como lo haría Dios.
Decía Lord Chesterfield Stanhope en las Cartas a su hijo: "Conoce el verdadero valor del tiempo; no lo dejes pasar, aprovéchalo y disfruta cada momento. Nada de ociosidad, nada de pereza, nada de dilaciones: nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". Y en la misma sección en la que Santiago está hablando de nuestra jactancia con relación al futuro concluye diciendo "...Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando" (Stg 4:17, TLA). Así que si sabemos que debemos hacer algo hoy, aprovechar la oportunidad, no dejar pasar el momento pero no lo hacemos estamos pecando. Como dice un viejo chiste, en nuestro vocabulario cotidiano "mañana" significa simplemente "hoy no".
Debo confesar que, al igual que muchos cristianos, necesito batallar arduamente contra este pecado en mi vida. Y hoy quiero alentarte a que hagas lo mismo. Empezando desde ya. Porque la tentación a mantenerme en él es fuerte, mi vieja naturaleza me susurra: "Oye, sí, desde mañana tienes que trabajar en eso". Y es entonces cuando entiendo la importancia de no seguir dependiendo del futuro.
Bendiciones sobreabundantes en Cristo,
JORGE HERNÁN
lunes, julio 12, 2010
MI AMIGO JESÚS
(Juan 15:15, RV60)
Hace unos días una muy querida amiga me escribió pidiéndome consejo acerca de cómo orar. Más allá de la respuesta a la pregunta, sin embargo, el Señor la utilizó como instrumento para hacerme ver cuánto se había enfriado mi relación con Él. Al leerla vinieron a mi mente otras épocas en las que mi comunión con Dios era intensa y estrecha, entendí aquella parte de la parábola del sembrador que está en Lucas 8:14, y me dí cuenta cuán fácil es que lo cotidiano nos distraiga de Él. La Palabra ahogada entre espinos...
Lo cierto es que compartía con mi amiga sobre Ricardo, un hombre de mi edad quien casualmente figura en mis registros como mi más antiguo amigo: ¡¡¡aparece en las fotos de mi primer cumpleaños!!! Lo quiero con toda mi alma pero lo veo poco, una vez al año o a veces menos, pero para mí es una experiencia sumamente grata reencontrarme con él, desatrasarnos de los acontecimientos que han marcado nuestras vidas e incluso de vez en cuando recibir un consejo. Le decía que creo que es la fuerza del cariño la que mantiene viva nuestra amistad.
Y este ejemplo me ilustra perfectamente la manera en qué funciona mi amistad con Dios.
He aprendido que Dios ama incondicionalmente, sacrificialmente, incansablemente, y proactivamente. Y que por eso cada vez que recurro a Él en oración me encuentro a Alguien muy bien dispuesto a seguir creciendo en Su relación conmigo, la que el mismo Autor de la Creación, respetando mi libre albedrío, decidió dejar en mis manos. Cuando ha pasado un tiempo en el que la relación se enfriado por mi cuenta, reduciendo y espaciando el tiempo dedicado a Él, conversando simplemente sobre cosas superficiales o pidiéndole cosas de acuerdo a mis necesidades más elementales, no me encuentro del otro lado con un interlocutor disgustado que me reprocha - aunque podría con toda justicia - por mi ingratitud, mi inconstancia y mi silencio sino que antes bien se deleita con mi compañía como yo debiera deleitarme en la Suya. Siento que cuando Lo busco, Él sonríe dulcemente y me invita a pasar a Su mesa.
Hace tiempo escuché a alguien que predicaba sobre la oración y decía que pasar tiempo con Dios requiere de nosotros que existan el deseo, la disciplina y el deleite, y parte de nuestro tiempo de oración mismo debe ser pidiéndole al Señor que avive estos tres elementos en nosotros, para que no nos rutinicemos, para que no nos aburramos, para que no desfallezcamos.
Me digo a mí mismo que por causa del pecado de posponer las cosas he dejado siempre para "después" el retomar con fuerza el hecho de cultivar mi amistad con Dios. Él me enseñó que para construir una amistad se requiere de dos personas y que por muchos esfuerzos que haga una de ellas la relación no fluirá mientras no haya una decisión conjunta de cimentarla, construirla y edificarla cada día. Lo mejor es que Él ya hizo su parte "por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es de su carne" (Hebreos 10:20, RV60) a través del cual nos invita a acercarnos confiadamente a Su presencia. La mía, simplemente, es buscarlo.
Ver al Señor en su dimensión como "amigo" es lo que nos permite acudir ante Él en oración conversando de una manera natural y espontánea. Sin tapujos, caretas ni máscaras. Sin preparación ni formalismos, tal como soy. Simplemente hablo, como me sale del corazón, digo las cosas como las pienso y las siento, sin adornos ni disimulos. Y de vez en cuando hago una pausa para escuchar. Con el Señor, aquieto mi alma y le pido que hable a mi corazón, que me responda de alguna manera que yo pueda entender y me preparo y dispongo para hacerlo.
A ese Amigo es al que quiero reencontrar. Y te invito a que si has bajado la guardia en tu tiempo con Él, hagas lo mismo. Al final, es el único amigo que nunca te va a fallar. Y si tu vida de oración, por el contrario, va en espiral ascendente, no te descuides, recuerda que cuando creemos estar más firmes mayor cuidado tenemos que tener para no caer.
Dios te siga bendiciendo,
JORGE HERNÁN
miércoles, abril 21, 2010
DIOS NO ES MI COPILOTO
Cuando Dios es mi copiloto tiendo a callarlo, a decirle incluso educadamente que quien voy manejando soy yo, no Él. Tiendo a creer que yo sé cuál es el mejor camino, a veces inclusive buscando atajos que no son del todo legítimos y me autoconvenzo de seguir mis instintos. El copiloto suele ser un acompañante que en ocasiones sirve de guía o apoyo a quien va conduciendo. Pero mi Dios es más que eso, Él es quien tiene el control. De hecho, su rol es el de piloto: el que conduce, gobierna, dirige. Mi vida es el vehículo. Y Él quien está a cargo.
El riesgo de sentarme en el puesto que a Él le corresponde es enorme: para ponerlo en términos actuales, carezco de GPS. Él no. Desconozco cómo sortear ciertos obstáculos. Él no, de hecho convierte los montes en caminos. Puedo ir demasiado rápido o demasiado despacio. Él va siempre a la velocidad precisa. La imprudencia me puede incluso ocasionar algún tipo de accidente. Él siempre es prudente y sabe qué es lo mejor en cada situación. Pero hay algo mejor: Él es el Fabricante, así que sabe exactamente lo qué hay que hacer para corregir el menor desperfecto o arreglar el peor desastre en mi vida.
Definitivamente es mala idea tratar de tomar el lugar que nadie me asignó.
"Porque tú eres mi roca y mi castillo;Por tu nombre me guiarás y me encaminarás." (Salmo 31:3, RV60)